Esta actitud, humilde y
arrepentida, abre finalmente el corazón. Parece que el corazón humano necesita
herirse para abrirse y parece que la entrada de Dios en nuestra vida requiere
de alguna violencia, de alguna fuerza. Pero hay que escoger si uno es el que va
a hacer esa fuerza, o espera a que el mundo, la vida o la realidad, le abran la
puerta a la fuerza.
El
corazón humano no se abre por las buenas, intenta asegurarse por sí mismo. De
manera que la escogencia es: o prefiere abrir tú mismo tú alma, y para eso
tendrás que negarte, tendrás que esforzarte, o esperas a que los golpes de la
vida, a que la realidad de la vida te abra el alma.
El que
hace penitencia, el que se arrepiente, ha escogido el primero de estos caminos;
el que se agacha, no esperó a que lo tumbaran; el que abre el corazón, no
esperó a que lo hirieran; el que llora de arrepentimiento, no esperó a que lo
hicieran llorar de resentimiento.
Una vida penitente y humilde es una vida en la que Dios puede obrar más
rápidamente, porque Dios obra en todas las vidas. Dios llega a todos los
corazones y llega allá a golpear, pero el que ha golpeado primero su corazón,
como este publicano que golpeaba su pecho; el que ha golpeado primero su
corazón, se economiza muchos golpes de la vida.
Cada
golpe que damos a nuestro propio pecho, es un golpe que le economizamos a la
vida, y cada lágrima que derramamos en arrepentimiento de nuestras culpas, es
una lágrima que le economizamos a la vida.
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