
Santiago consiste en
“fijar la mirada” en la palabra, en el estar largo tiempo delante del espejo,
lo que quiere decir en la meditación o contemplación de la Palabra. El alma que
se mira en el espejo de la Palabra “aprende a conocer ‘cómo es’, aprende a
conocerse a sí misma, descubre su deformidad de la imagen de Dios y de la
imagen de Cristo” consiste en practicar, en obedecer a la Palabra”. Asimismo,
ha asegurado que “las palabras de Dios, bajo la acción actual del Espíritu, se
vuelven expresión de la voluntad viviente de Dios hacia mí, en un
determinado momento”. Y ha precisado que “si escuchamos con atención, nos
daremos cuenta con sorpresa que no hay un día en el que, en la liturgia, en la
recitación de un salmo, o en otros momentos, no descubramos una palabra de la
cual debemos decir: “¡Esto es para mí!, ¡esto es lo que hoy tengo que hacer!”
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