domingo, 31 de julio de 2016
Proveniente
La sabiduría proveniente de Dios! Era necesario un precursor, porque el precursor hace sentir el hambre de la salvación, la necesidad de la salvación. Y cuando uno reconoce que necesita salvación, se alegra cuando ella llega y la recibe.
Este fue el encargo que tuvo Juan. Pero yo no sé si dije bien, porque yo creo que no se debe decir: "Este es el encargo que tuvo Juan". ¡Este es el encargo que tiene Juan!
La misión de precursor de Juan, que es la razón por la cual celebramos su nacimiento, no es una misión que haya terminado con la muerte de él. Su nacimiento, su vida y su muerte, son una enseñanza de que sin hambre, el Pan de Dios se puede desperdiciar.
El nacimiento, la vida, la pasión y la muerte de Juan, que en todo anticipan el Nacimiento, la Vida, la Pasión y la Muerte de Cristo, nos están diciendo, que sólo el que tenga hambre de Dios, se alimentará de Dios. Sólo el que sienta que sin Dios nada es, con Dios lo será todo.
Esta es una enseñanza siempre actual en la Iglesia, porque Jesús está siempre viniendo con la obra de su gracia, con el don de su Espíritu, con la fuerza de sus sacramentos, pero también porque la Iglesia entera espera el cumplimiento de las últimas promesas, el retorno definitivo de Jesús, su segunda venida.
Además, para que Cristo vuelva y complete su obra, es necesaria la austeridad de Juan, la predicación de Juan y hasta cierto punto, la denuncia de Juan. ¡Sí se necesita que Juan Bautista no calle su voz! Se necesita que Juan esté siempre presente en la Iglesia, porque la Iglesia no ha terminado de recibir las promesas de Dios.
Si Jesús tarda, a mí me parece que en parte es porque falta hambre para recibirlo. Jesús no está esperando el peor momento de la humanidad para ver si logra condenarse el mayor número posible de hombres y mujeres. Jesús vendrá, Jesús volverá a culminar, a complementar su obra.
Pero para esto es necesario que haya hambre, mucha hambre de Él, un profundo anhelo de Él. Y es el Espíritu Santo el que mantiene viva la voz de Juan, según nos dice el libro del Apocalipsis, haciendo que la novia, que la Iglesia, repita: "¡Ven, Señor Jesús!" Apocalipsis 22,20.
Así como podemos decir que el amor a la Iglesia es el pulso de la vida espiritual, así también podemos decir, que el hambre de Cristo es el pulso de la vida de la Iglesia en nosotros. Porque la voz de la Iglesia, que es la novia del Apocalipsis, está muy clara: "¡Ven, Señor Jesús!" Apocalipsis 22,20
¡Cuánta vida de la Iglesia tenemos en nosotros! Hasta dónde somos Iglesia, lo sabremos por Juan y por ese grito, por ese clamor del Espíritu: "¡Ven, Jesús!"
En cada Eucaristía, esta misma voz de Juan se deja oír también en las denuncias que hace la Palabra y en las esperanzas que nos trae, en el arrepentimiento de nuestros pecados y en nuestro cántico de misericordia: "¡Señor, piedad, Señor!"
En todo ello está la voz de Juan, haciendo que anhelemos el Pan de Dios, para que teniendo hambre de Él, lo comamos, y saciados de ese Alimento mientras vamos peregrinos en esta tierra, tengamos más hambre de la consumación de su gracia en el Banquete del Reino de los Cielos.
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