La persona consagrada es la persona que vive en el amor y por el amor de Cristo. Busca hacer lo que a Cristo le gusta, busca complacerlo en todo momento, ya que tal es la definición del amor. “Idem velle, idem nolle, querer lo mismo y rechazar lo mismo, es lo que los antiguos han reconocido como el auténtico contenido del amor: hacerse uno semejante al otro, que lleva a un pensar y desear común.” Y si Cristo sigue llamando personas a la vida consagrada, y si Él quiere cautivar aún a hombres y mujeres, la mujer consagrada que verdaderamente ama al Amado no querrá otra cosa que lo quiere el Amado: vocaciones a la vida consagrada.
No es el amor un sentimiento que nace de la pasión o del afecto momentáneo. Es un acto de la voluntad que pone en movimiento a toda la persona. La inteligencia se da cuenta de lo que quiere el amado y la fuerza de voluntad se pone en marcha para lograrlo. He aquí la síntesis del amor. La religiosa que busca agradar en todo a Jesús se da cuenta que su Amado ha inspirado a su fundador un carisma, esto es, una gracia de Dios para la Iglesia y que no quiere que ese carisma muera, a pesar de las dificultades por las que atraviesa hoy en día la vida consagrada. Se da cuenta del regalo inmenso que Dios ha hecho a la humanidad a través del carisma y que Dios quiere seguir actuando a través de dicho carisma. Su amor a Dios, si es verdadero y operativo se deberá traducir en una búsqueda de personas que estén disponibles a dar su vida para que otras personas se acerquen a Cristo. Por ello, la pastoral vocacional es fruto del amor al carisma, porque se sabe que el carisma es un regalo de Dios para que los hombres lleguen a Dios y el objetivo de dicha pastoral es lograr que haya más mujeres consagradas que quieran ayudar a los hombres a llegar a Dios a través del carisma que Dios les ha regalado.
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