Cuanto mayor sea el amor, en Dios, rectamente entendido, según nos enseña la Iglesia-, cuanto mayor sea el amor que tengamos por María, mayor va a ser la unión de nuestro corazón con su Corazón Inmaculado.
Ella, como primera creyente, como primera discípula, se convertirá, entonces, en la Maestra de vida espiritual para nosotros, ¿y qué más quisiera uno que una Madre así?
Pero, además de esa razón de cariño, de devoción, de gratitud, podemos buscar en las lecturas que hemos compartido y en la fe que la Iglesia tiene entorno a los misterios de María, otros motivos y razones. "Es el amor lo que da precio a todas nuestras obras; no es por la grandeza y multiplicidad de nuestras obras por lo que agradamos a Dios, sino por el amor con que las hacemos".
San Francisco de Sales
Es importante que la fe no sólo arda sino que ilumine. Necesitamos cristianos fervorosos, cristianos ardientes, pero necesitamos también cristianos llenos de luz. El Apóstol San Pedro en su Primera Carta dice que, "estemos prontos a dar razón de nuestra esperanza" 1 Pedro 3,15.
Hay cristianos muy fervorosos que lo darían todo por la Santísima Virgen, que aman entrañablemente a la Santísima Virgen, pero que, tal vez, no tienen manera de dar razón, ni aun la más elemental, sobre su fe y sobre sus misterios.
Si nosotros pensamos en nuestro propio nacimiento, lo primero que descubrimos es que cada cumpleaños que celebramos nos aleja de ese momento del nacimiento y nos acerca a la muerte.
María es una promesa cumplida y podemos decir, en ese sentido, que, aunque nuestra vida tiene muchas promesas que se han cumplido, tiene también muchas otras que no se han cumplido.
Este nacimiento de la Virgen María nos invita a enriquecer nuestra manera de ver a la Virgen con una nueva actitud. Fíjese usted que todos los misterios de la Virgen la presentan fuerte, la presentan grande, la presentan santa. El único misterio, me atrevo yo a decir, en el que Ella aparece, como más pequeñita que nosotros, es éste.
En el misterio de su nacimiento, María aparece como más pequeñita que nosotros. Y hay que saber aprovechar para Dios todo lo que bulle en nuestro corazón. Si nos inspira ternura esta bebé, no nos quedemos sólo en el aspecto humano, por así decirlo, en el aspecto casi carnal de este cariño, de esta ternura. Pensemos, desde Dios, lo que significa esto: una bebita.
Todavía hay otro misterio, el de la Inmaculada Concepción, en que Ella estaba más pequeñita, mucho más pequeñita. Pero allá, en la Inmaculada Concepción, nosotros no podíamos ni verla ni abrazarla; no estaba todavía para nosotros, pues uno empieza a existir para la historia humana sólo cuando nace. Por eso se dice: "dar a luz", "venir al mundo."
La primera vez que podemos contemplar a María más pequeña que nosotros, es en esta fiesta. En este sentido, esta fiesta es única: es la fiesta del nacimiento, y esto nos inspira sentimientos particulares.
Estamos acostumbrados a pedirle a María que nos mire: "Míranos con esos tus ojos misericordiosos". Pero, hoy, está muy pequeña, duerme mucho La clave está en ver que en la raíz del dolor está siempre un amor. El dolor es un modo particular de reaccionar cuando hay algo que perturba aquello que amamos. Lo que hace "particular" ese modo de reacción es una combinación de tres cosas: nuestra ignorancia, nuestra impotencia y nuestra condición temporal. Como no sabemos qué sigue después de un episodio de dolor; y como no podemos hacer todo lo que quisiéramos al respecto; y como estamos sujetos al ritmo de los acontecimientos para aumentar nuestro conocimiento o nuestras posibilidades de acción, por eso experimentamos dolor. Si esos tres factores no estuvieran, no lo tendríamos, aunque seguiríamos teniendo amor por aquello y por aquellos que amamos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario