Para amar, hay que saberse amado. Lo podemos
entender como una premisa. Amar “como a ti mismo”,
implicaría primero amarse a uno mismo, aceptarse a uno mismo, conocerse y
quererse, simplemente porque Dios nos quiere. Dios te ama infinitamente y ese
amor, que te llena y te sacia, lo puedes derramar sobre los demás. Hay quien no
se quiere a si mismo, siempre está de mal humor, siempre se enoja y de todo se
fastidia… no se quiere porque no se ha reconocido amado de Dios. Así lo que
parecía primero un mandamiento: amar a Dios; y después dos: amar al prójimo; en
realidad se transforman en tres mandamientos, porque también se necesita el
mandamiento de amarse a uno mismo. Pero quizás estaríamos regresando otra vez
al nivel de los fariseos que sólo miran mandamientos. ¿Amar es un mandamiento?
Más bien una experiencia, ¡la gran experiencia!, que todos debemos vivir. Si
nos reconocemos y nos sentimos amados de Dios, los otros “mandamientos” brotan
espontáneamente. Si decimos que amamos a Dios pero engañamos y destruimos al
prójimo entonces, dice San Juan, somos unos mentirosos. Para amar al prójimo
necesitamos encontrar la gran fuente de energía del amor.marcados por esos dos
amores: el divino y el humano
No hay comentarios:
Publicar un comentario