miércoles, 15 de junio de 2016

Desprendida

"Me quedo yo solo, y ahora me persiguen para matarme" 1 Reyes 19,14, dice Elías. Pero la vida de Elías resultó preciosa a los ojos de Dios. Y con ese solo Elías, Dios hizo al mismo tiempo un huracán, un terremoto y un fuego capaz de arrasar la idolatría y de implantar la verdadera fe y el verdadero amor. Que esa misma unción nos transforme a nosotros. Debe ser maravilloso que Dios pueda entrar en nosotros y obrar así, como un fuego que aparta todo lo que sobra y que purifica; como un terremoto que destruye los altares y sacrílegos e idolátricos que puede haber en el alma; como un viento impetuoso que nos en movimiento hacia el cumplimiento de su voluntad. El apóstol es una persona que está suelta, que está desprendida, que está libre de los intereses y de los reinos de esta tierra, precisamente para anunciar la riqueza, la hermosura del Reino de los Cielos; ése es un apóstol. Alguien que ha sido liberado del dominio, incluso de la tiranía que tienen las cosas, los placeres, los afectos, no quiere decir que no los tenga, sino que está suelto de todo eso; es alguien suelto, es alguien libre de esta tierra y con una libertad que le permite cantar lo que es el Reino de los Cielos. Un apóstol tiene que dar las señales del Espíritu, tiene que llevar consigo las señales de Jesús y esto significa que va produciendo salud, va produciendo vida, va produciendo libertad, así podemos traducir lo que ha dicho el Señor en el evangelio. Curar a los enfermos es producir salud, resucitar a los muertos es producir vida, expulsar a los demonios es producir libertad. El llamado singular que recibieron hombres como Pablo o como para Bernabé indudablemente se queda para ese momento fundacional de la Iglesia, es decir, nosotros ya no tenemos otra comunidad de Corintios a los cuales escribirles cartas para engordar la Biblia, ese momento requería de esas personas, pero nosotros podemos participar también de la gracia del apostolado. Y esto es lo que quisiera compartirles para terminar esta reflexión. Hemos dicho que un apóstol tiene tres características: lo primero, que anuncia el Reino de Dios; lo segundo, que tiene las señales del Espíritu; y lo tercero, que está desprendido, que está libre de los imperios de esta tierra. Nosotros podemos participar de la gracia del apostolado entrando también en esas tres dimensiones. Necesitamos estar muy sueltos, necesitamos estar muy libres, necesitamos estar sueltos y libres, necesitamos estar sueltos y libres de las cosas y también de las personas. Si entramos más a fondo lo que significa esta libertad, entenderemos que se trata sobre todo de darle permiso a Dios para que disponga de todo lo que nosotros somos, de todo lo que tenemos, de todo lo que pensamos, soñamos y queremos, así entramos nosotros en la dimensión del apostolado. Tomemos todo lo que somos, los conocimientos que hemos recibido, los amores que nos rodean, el dinero que tenemos, el tiempo, las fuerzas, y digámosle a Dios: "Te doy permiso de disponer de todo cuanto yo tengo; que seas tú el que primero en disponer de mis cosas, de mis afectos, de mi tiempo, de mi dinero. Te doy permiso, Señor", ahí está. Cristo Jesús te llama a ti para que tú, con una gracia de apostolado, poniendo tu conocimiento, tu trabajo al servicio del Reino, estés disponible para que Él haga su obra.

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