martes, 11 de enero de 2011

Concurre

Todo lo que sabemos es que para los que aman al Señor todo
concurre para su bien (Rm 8,28), y que los caminos trazados por el Señor
nos conducen más allá de esta tierra. Tomando un cuerpo, el
Creador del género humano nos ofrece su divinidad. Dios se ha hecho hombre
para que los hombres llegáramos a ser hijos de Dios. «¡Oh admirable
intercambio!». Es para esta obra que el Salvador ha venido al mundo. Uno de
entre nosotros había roto el lazo de nuestra filiación de Dios; uno de
entre nosotros debía atarlo de nuevo y expiar la falta. Ningún retoño del
viejo tronco, enfermo y degenerado, hubiera podido hacerlo; era necesario
que sobre este tronco se injertara una nueva planta, sana y noble. Y es así
que llegó a ser uno de nosotros y al mismo tiempo más que eso: uno con
nosotros. Esto es lo que hay de más maravilloso en el género humano: que
todos seamos uno... Vino para formar con nosotros un cuerpo misterioso: él
el Jefe, la cabeza, y nosotros sus miembros (Ef 5,23.30).
Si aceptamos poner nuestras manos en las del Niño divino, si respondemos
«Sí» a su «Sígueme», entonces somos suyos y el camino está libre para que
pase a nosotros su vida divina. Este es el comienzo de la vida eterna en
nosotros. No estamos aún en la visión beatífica en la luz de la gloria,
estamos todavía en la oscuridad de la fe; pero no es ya la oscuridad de este
mundo es estar ya en el Reino de Dios.

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