martes, 11 de enero de 2011

Firma

San Agustín, afirma que los Reyes Magos, quieren ser guías para los demás, indican el camino, pero no caminan, permanecen inmóviles. Para ellos las Escrituras se convierten en una especie de atlas que leer con curiosidad, un conjunto de palabras y de conceptos por examinar y sobre los que discutir doctamente. Pero nuevamente podemos preguntarnos: ¿no está también en nosotros la tentación de considerar las Sagradas Escrituras, este tesoro riquísimo y vital para la fe de la Iglesia, más como un objeto para el estudio y la discusión de los especialistas que como el Libro que nos indica el camino para llegar a la vida. Pienso que, como he indicado en la Exhortación apostólica Verbum Domini, debería nacer siempre de nuevo en nosotros la disposición profunda a ver la palabra de la Biblia, leída en la Tradición viva de la Iglesia (n. 18) como la verdad que nos dice lo que es el ser humano y cómo puede realizarse plenamente, la verdad que es el camino por recorrer cotidianamente, junto a los demás, si queremos construir nuestra existencia sobre roca y no sobre arena.
Llegamos así a la estrella. ¿Qué tipo de estrella era aquella que los Magos vieron y siguieron? A lo largo de los siglos esta pregunta ha sido objeto de discusiones, cosas interesantes, pero que no nos guían a lo que es esencial para entender esa estrella. Debemos volver al hecho de que esos seres humanos buscaban las huellas de Dios; buscaban leer su “firma” en la creación; sabían que “los cielos narran la gloria de Dios” (Sal 19,2); estaban seguros, de que Dios puede vislumbrarse en lo creado, eran seguros de que la creación existe lo que se puede definir como la firma Dios. Como hombres sabios, sabían sin embargo que no es con un telescopio cualquiera, sino con los ojos profundos de la razón en búsqueda del sentido último de la realidad y con el deseo de Dios movido por la fe, como es posible encontrarlo, incluso se hace posible que Dios se acerque a nosotros. El universo no es el resultado de la casualidad, como algunos quieren hacernos creer. Contemplándolo, estamos invitados a leer en él algo profundo: la sabiduría del Creador, la inagotable fantasía de Dios, su infinito amor por nosotros. En la belleza del mundo, en su misterio, en su grandeza y en su racionalidad no podemos dejar de leer la racionalidad eterna, y no podemos menos que dejarnos guiar por ella hasta el único Dios, creador del cielo y de la tierra. Si tenemos esta mirada, veremos a Aquel que ha creado el mundo y Aquel que nació en una cueva en Belén y continúa habitando en medio de nosotros

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