Santo subbito!” fue el grito que se escuchó infinidad de veces en la Plaza de San Pedro, como un grito de gratitud, de amor y de reconocimiento: Juan Pablo II, “El Grande”, había dejado que su vida se llenara con la Luz del Evangelio; Siervo fiel a las exigencias de su época y de su pontificado; profundamente mariano… “como un hijo en brazos de su Madre”.
S.S. Benedicto XVI, ha anunciado apenas, que el proceso para la beatificación de Juan Pablo II “ha concluido felizmente”, y ahora, el próximo 01 de mayo será beatificado. Se han comprobado en su vida las “virtudes heroicas” y un milagro que se atribuye a su intercesión: la curación de una religiosa de un párkinson sumamente agresivo. Muchas personas que convivieron de cerca con Juan Pablo II, dan testimonio de cómo su vida estaba centrada en la Eucaristía, la Palabra y la Oración.
Celebrar esta gran noticia es celebrar el triunfo del Amor de Dios en los hombres. Llevarlo a los altares como beato, es mostrarnos a todos los cristianos un ejemplo de vida, un camino que podemos seguir también nosotros para llegar a la “Meta”. Es “presentarnos” un intercesor más.
Es una muestra, también, que aún en nuestros días podemos llegar a ser santos y que los milagros existen como signo de la Misericordia de Dios.
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