Sed fuerte, no temáis... el mismo
Dios vendrá a salvaros» (Is 35,4). Se ha realizado esta profecía: que me
esté permitido, pues, dar ahora gritos de alegría: ¡Alegraos, hijos de
Adán, alegraos; lejos de vosotros todo desánimo! Viendo vuestra debilidad e
impotencia para resistir a tantos enemigos «desterrad de vosotros todo
temor, Dios mismo vendrá y os salvará». ¿Cómo vino él mismo y os ha
salvado? Dándoos la fuerza necesaria para hacer frente y superar todos los
obstáculos para vuestra salvación. ¿Y cómo el Redentor os ha procurado esta
fuerza? Siendo fuerte y todopoderoso, se hizo débil; cargó sobre él nuestra
debilidad, y nos comunicó su fuerza... Dios es
todopoderoso: «Señor, gritaba Isaías, ¿quién resistirá la fuerza de tu
brazo?» (40,10)... Pero las heridas que el pecado provocó en el hombre lo
debilitaron de tal manera que se quedó incapaz de resistir a sus enemigos.
¿Qué es lo que ha hecho el Verbo eterno, la Palabra de Dios? De fuerte y
todopoderoso que era, se hizo débil; se revistió de la debilidad corporal
del hombre para procurar al hombre, a través de sus méritos, la necesaria
fuerza de alma...; se hizo niño... Finalmente, al término de su vida, en el
Huerto de los Olivos cargó con vínculos de los que no se pudo desprender.
En el pretorio, fue atado a una columna para ser flagelado. Después, con la
cruz sobre sus hombros, faltado de fuerzas, cae a menudo a lo largo del
camino. Clavado en la cruz, no puede liberarse... ¿Somos débiles nosotros?
Pongamos toda nuestra confianza en Jesucristo y lo podremos todo: «Todo lo
puedo en Aquel que me conforta» decía el apóstol Pablo (Flp 4,13). Todo lo
puedo, no por mis propias fuerzas, sino con las que me han obtenido los
méritos de mi Redentor.
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