La verdadera conversión se manifiesta en los frutos. No se trata de conformarse con no hacer el mal, sino de practicar el bien y la justicia, dar frutos de conversión. La justicia de Dios es lo que más podemos anhelar y desear, porque es lo que nos libera, nos salva y nos da confianza, dignidad y alegría para vivir. El fuego quema lo superfluo e innecesario, lo que no tiene consistencia, lo que nos impide crecer, ser libres y felices. El fuego todo lo purifica. Es signo de la presencia salvadora de Dios, que llega para liberar y destruir la injusticia.
«Convertíos porque ha llegado el Reino de los Cielos» (Mt 3,2).
A él acudían muchas personas buscando bautizarse y «confesando sus pecados» (Mt 3,6). Pero dentro de tanta gente, Juan pone la mirada en algunos en particular, los fariseos y saduceos, tan necesitados de conversión como obstinados en negar tal necesidad. A ellos se dirigen las palabras del Bautista: «Dad fruto digno de conversión» (Mt 3,8).
En el tiempo de gozosa espera, nos encontramos con la exhortación de Juan, que nos hace comprender que esta espera no se identifica con el “quietismo”, ni se arriesga a pensar que ya estamos salvados por ser cristianos. Esta espera es la búsqueda dinámica de la misericordia de Dios, es conversión de corazón, es búsqueda de la presencia del Señor que vino, viene y vendrá.
En definitiva, es «conversión que pasa del corazón a las obras y, consiguientemente, a la vida entera del cristiano» (Juan Pablo II).
Aprovechemos, el tiempo oportuno que nos regala el Señor para renovar nuestra opción por Jesucristo, quitando de nuestro corazón y de nuestra vida todo lo que no nos permita recibirlo adecuadamente. La voz del Bautista sigue resonando en el desierto de nuestros días: «Preparad el camino al Señor, enderezad sus sendas» (Mt 3,3).
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