La tentación del tener surge de las necesidades “Di que estas piedras se conviertan en pan”. Jamás el Señor hizo un milagro pensando sólo en sí. Sus milagros no sacian “su egoísmo” sino la entrega de su Amor.
La tentación del poder se desata en la grosería del enemigo “todo esto te daré si me adoras” ¿Quién es el tentador para ofrecer a Jesús, que es Dios, lo que es suyo?: ¿“el Poder y la Gloria”? Sólo pertenece al Omnipotente.
La última tentación es la del éxito “tírate del pináculo del templo” y por éxito creeremos. El Señor no elige el camino del éxito sino el camino de la cruz. El éxito no es el objetivo principal de la vida cristiana.
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