La Primera Carta de San Juan, que tiene tanta poesía, que tiene tanta elocuencia: "Hijos, cuidado con los ídolos" 1 San Juan 5,21. Siguiendo esa advertencia, amemos la grandeza de Jesucristo, y seremos libres de toda idolatría.
Jesús está cerca de la máxima autoridad judía y cerca de la máxima autoridad romana en aquella región. Pilato representaba al gran rey de ese tiempo, rey político, rey económico, que se consideraba señor de vidas y haciendas. Aún más, se consideraba prácticamente un dios. Porque los emperadores romanos, llamados los Césares, se consideraban dioses.
Pilato es como el representante de ese dios que vive en Roma, y mientras tanto, el sumo sacerdote, que era Caifás, es representante de ese Dios que habló por medio de Moisés, el Dios de la Ley. Jesucristo es representante, es presencia y sacramento del Dios que es Padre. Ese dolor de Cristo nos impresiona, nos perfora,“Nuestro dolor es justo porque somos pecadores, pero Él no ha hecho nada” San Lucas 23,41.
Lo que más duele de la muerte de Cristo es eso: que se trata de la muerte de un inocente; y esa inocencia blanca del alma de Cristo hace resaltar más el rojo escarlata de su sangre.
Todo crimen es horrendo, pero especialmente aquel que hiere al que sólo supo dar amor. Amor fue lo que dio Cristo con sus palabras; de sus manos sólo recibimos bendiciones y milagros; de sus ojos sólo recibimos paz, misericordia y compasión.
Sus pies se apresuraron buscando su oveja perdida, -esa oveja que es cada uno de nosotros-; Él nos defendió con sus oraciones, veló por nosotros, derramó lágrimas de dolor por nuestras culpas y quiso, con todas sus fuerzas, rodearnos de amor.
Él sabía lo que le iba a suceder cuando estaba en el Huerto haciendo su oración; llorando de dolor y de miedo y sudando sangre, le dice a su papá Dios: ”Si quieres aparta de mi éste cáliz, pero que no se haga lo que yo quiero, sino lo que quieres tú”.Cada uno de nosotros quiere mirar con su mente, con su corazón, con su amor a Jesucristo; cada uno puede y debe mirar hacia Jesucristo con los ojos del corazón, antes que con los ojos del cuerpo; y tiene que decirle a Cristo:-“¡Gracias, gracias, Jesús!”,” San Lucas 22,42.
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