Jesús da estas consignas a sus Apóstoles en el capítulo décimo, un capítulo que es muy importante para la historia de nuestra espiritualidad.
Isaías, cuenta de la purificación del profeta antes del envío. En el texto del evangelio, Jesús recuerda que esa purificación no ha sucedido en el mundo. Aquí está como el rostro, como el perfil de la vocación del misionero, del predicador.
Una experiencia de purificación por parte de Dios; frente a él, en su futuro, la conciencia de que el mundo no ha tenido esa misma purificación. Las dos cosas se necesitan, la conciencia del pecado vencido, y la conciencia del pecado todavía presente.
Si el misionero se olvida de su pasado, de su raíz humilde y de donde ha salido, se anuncia a sí mismo, a sus méritos, a sus conocimientos, pero no anuncia a Dios. Si el misionero se olvida de la necesidad de Dios que tiene delante, entonces se olvida de la urgencia de su mensaje, se olvida del ardor de su mensaje y no tendrá palabras para llegar, para tocar esos corazones.
Hay una tensión que es la propia de los predicadores, la tensión entre la realización del Reino, que ya ha empèzado porque él lo experimenta, lleva un ascua encendida, fuego que le ha cambiado la vida, el Reino ya presente, por otra parte, el mundo que no ha escuchado, que no ha recibido esa palabra, que no conoce esa palabra, el Reino todavía ausente.
Cuanto más intensa sea la experiencia del Reino aconteciendo dentro de él, seguramente más limpios estarán sus ojos para percibir todo lo que falta afuera de él. El predicador, el misionero, tiene como una fuerza contínua, que no es otra cosa sino lo que llamamos "el celo apostólico".
Ese nivel entre lo maravilloso que yo he visto sobre el amor de Dios, y la angustia que se siente al ver que esa noticia es desconocida, ignorada, ultrajada, blafemada, ocultada de mil modos en los hermanos amados por Dios. De ese desnivel surge el ardor misionero, surge el celo apostólico. Necesitamos celo apostólico.
La estructura interior de este celo, de este ardor es algo que tiene mucho más que ver con la geografía e incluso con la expresión externa de las vocaciones.
Teresa del Niño Jesús, contemplativa, vive este drama, y desde ahí se convierte en un corazón misionero palpitante, que alienta el conocimiento de Jesucristo y de sus misterios por todas partes.
Necesitamos de este celo, no es un privilegio nuestro, sino que es una característica que surge en todo corazón cuando mira, cuando abre los ojos ante el amor desbordante de Dios, y abre los ojos ante el rechazo, por ignorancia, por odio, por engaño, de ese amor en el mundo.
Es el que Cristo imprimió en sus Apóstoles-, en la medida en que ese celo se va convirtiendo en una realidad en nosotros, suceden tres cosas que nos las cuenta en evangelio de hoy, tres cosas maravillosas que también las vemos testificadas en multitud de santos, gracias a Dios.
Esa absoluta confianza en el señorío de Jesucristo, destruye por completo el miedo, ese es el arrojo, esa es la audacia que de tantas maneras aparece en la Iglesia.
La Iglesia necesita audacia, audacia para proponer a Jesucristo. En las políticas de esta tierra todo tiene que ser por medio del consenso, la participación, el lenguaje diplomático.
El Evangelio necesita audacia, pero claro, no se puede tener audacia si no se está proponiendo el mensaje de Jesucristo.
Si la propuesta última de mi vida y de mi palabra es Jesucristo, entonces es distinto, porque en eso, en los surcos del Corazón de Jesucristo, tiene que ser experto el predicador, tiene que conocer como esa huella del Maestro, tiene que conocer esa fisonomía del amor de su alma que es Jesucristo, ahí es en donde desaparece el miedo.
Nos dice el Señor: "Lo que os digo de noche, decidlo en pleno día; lo que os digo al oído, pregonadlo desde la azotea" San Mateo 10,27. Es como la capacidad de mostrar, de esclarecer el misterio.
Es la transparencia, la vida simple, sencilla, sin pliegues, sin vueltas, es la transparencia. Ese es el otro fruto que trae esta obra del celo en nuestras vidas. Todas esa cosas, escondidas por vergüenza, por orgullo, por conveniencia, esas cosas escondidas, eso desaparece. El que es verdadero apóstol aprende a llevar, necesita llevar una vida transparente, una vida sin pliegues, Porque es todo él el que tiene que servir como lenguaje para que se pronuncie el Evangelio de Cristo.
Todo él, así como Nuestro Señor; Jesús nos habla con todo lo que Él es: Jesús nos habla con su soledad, con su silencio, con su oración, con su cuerpo, con su mirada, con sus palabras, con sus milagros.
Si yo quiero ser un lenguaje de Dios, pues yo no sé qué parte de mí o de mi vida le va a ser útil a Dios para propagar su noticia; y por eso, el que se entrega completamente a la causa del Evangelio, necesita tener una total transparencia, para que todo lo de él pueda ser mensaje. Finalmente, este celo apostólico trae una experiencia intensa de la Providencia de Dios.
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