sábado, 5 de julio de 2014

Creemos

Si nosotros creyéramos a fondo que el Crucificado es el Resucitado, porque ese es el problema de Tomás, si nosotros creyéramos a fondo que el Crucificado es el Resucitado y el Resucitado es el Crucificado, nos metíamos de lleno en el camino de la Cruz.
¿Nosotros que creemos o decimos que creemos, nosotros que miramos a Tomás como un incrédulo, ¿somos creyentes en la realidad de nuestra vida, en la verdad de nuestros actos? ¿Somos creyentes? Para mí la lógica es esta: si el Crucificado es el Resucitado, si entregarse a fondo y hasta el último extremo por la gloria del Padre, ¿vale la pena?
Esa es la Resurrección de Cristo, la demostración de que sí vale la pena. Si el Resucitado es el mismo Crucificado y vale la pena, ¿por qué la Cruz de Cristo tiene poquitos amigos? ¿Por qué hay tan poca gente que abrace la cruz y que emprenda el camino de la cruz?
Decía San Juan de la Cruz: “Amar las dulzuras de la Cruz, amar las dulzuras de las redención es de muchos, amar los caminos que llevan a esas dulzuras es de muy pocos“. Nosotros creemos, pero creemos saltándonos el misterio de la Cruz, creemos pero evitando la Cruz, creemos pero tapando la Cruz, creemos pero bajando los ojos de la Cruz; si nosotros creyéramos, entenderíamos que nosotros no vamos adelante de Tomás, sino detrás de él.

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