La Iglesia, al origen de su vida y de su misión en el mundo, no ha sido otra cosa que una comunidad constituida para confesar la fe en Jesucristo Hijo de Dios y Redentor del hombre, una fe que obra a través de la caridad. Van juntas ¿eh? También hoy la Iglesia es llamada a ser en el mundo la comunidad que, arraigada en Cristo por medio del Bautismo, profesa con humildad y valentía la fe en Él, testimoniándola en la caridad. Con esta finalidad esencial deben ser ordenados también los elementos institucionales, las estructuras y los organismos pastorales. Pero, para esta finalidad esencial, testimoniar la fe en la caridad. La caridad es la expresión de la fe. Y también la fe es la explicación y fundamento de la caridad.
La comunión de todas las Iglesias, esta comunidad cristiana, por analogía nos estimula a comprometernos para que la humanidad pueda superar las fronteras de la enemistad y de la indiferencia, a construir puentes de comprensión y de diálogo, para hacer del mundo entero una familia de pueblos reconciliados entre ellos, fraternos y solidarios. De esta nueva humanidad, la Iglesia misma es signo de anticipación, cuando vive y difunde con su testimonio el Evangelio, mensaje de esperanza y de reconciliación para todos los hombres. Hay un cierto orgullo que uno puede sentir cuando el mensaje del Evangelio, más allá de su carga de cruz y paradoja, se impone y triunfa. Cuando,vemos a un Francisco de Asís dando la espalda a los privilegios y halagos del mundo sólo por seguir la lógica de Cristo, sentimos que el mundo mismo queda derrotado y tiene que postrarse ante el poder de la gracia. Es fácil sentirse de orgulloso de eso.La radicalidad del Evangelio se vuelve intransigencia ante el mundo, como cuando Jesús manifiesta su impresionante independencia o da muestras de una libertad maravillosa. Ante Pilato, ante Herodes o ante Caifás, gente a la que todo el mundo temía y ante la que todos temblaban, Cristo muestra una pasmosa franqueza, desprovista de todo adorno y casi de toda urbanidad.Esos orgullos pueden desorientarnos sobre una verdad fundamental: una cosa es evitar el servilismo y otra cosa moverse en el ámbito de la grosería; una cosa es ser franco y otra ser agresivo; una cosa es ser radical y otra ser rígido; una cosa es manifestar la soberanía de Dios y otra pretender que uno no obedece a nadie; una cosa es ensalzar a Dios y otra negar el honor debido a los seres humanos. Estas son distinciones delicadas, casi sutiles, pero muy necesarias, si lo que queremos es favorecer la obra de la evangelización. Ni la grosería, ni la altivez, ni la petulancia son ayudas para la tarea de difusión de la Buena Nueva. Conocemos de Simón y de Judas Tadeo, conocemos que fueron amados por Cristo, que fueron elegidos por Cristo, que fueron enviados por Cristo, que fueron ungidos por Cristo, pero no sabemos lo que ellos hicieron.
Conocemos un poco de las obras del Apóstol Pedro, conocemos un poco más de las obras del Apóstol Pablo, pero de estos Santos Apóstoles muy poco conocemos.
Tendremos que esperar al día último, al día de la redención. Sus obras no son visibles para la historia, están solamente ante los ojos de Dios.
La discreta presencia de estos Apóstoles nos invita a recobrar el verdadero sentido de la grandeza humana. Lo grande en el ser humano no es tanto qué hice yo, sino qué me hicieron. Si no me hubieran hecho, si no fuera yo criatura, si no fuera hecho, yo tampoco podría hacer. Y lo mismo vale para los otros verbos.
Dijo, bueno, algo hubiera podido decir, si no lo hubiera podido aprender. ¿Si no hubiera escuchado podría decir? ¿Si no hubiera sido amado podría amar?
De manera que esta modesta presencia de estos Apóstoles nos ayuda a recordar dónde está la verdadera grandeza y dónde está el verdadero centro de nuestro ser. Somos grandes porque Dios obra en nosotros, porque somos obra suya. En eso está nuestra grandeza.
El mismo Pablo, con ser quien era, decían que obraba más que todos: "Pero no yo, sino la gracia de Dios conmigo" 1 Corintios 15,10.
Hay otra meditación que podemos hacer de estos Apóstoles Simón y Judas Tadeo. Y es que resulta que cuando nosotros pensamos en la evangelización, pensamos en que el Evangelio suceda en muchas personas, miles de personas, cientos de personas, decenas de personas.
Pero el Evangelio, la Palabra amorosa y ungida de Jesucristo quiere suceder en la historia humana, y resulta que la única voluntad, la única vida que nosotros realmente le podemos entregar a Dios es la vida de nosotros mismos. Como quien dice, nada podemos hacer tanto por el Evangelio, como dejar que el Evangelio suceda en nosotros.
Es una obra de evangelización darle permiso al Evangelio, dale autoridad y potestad al Evangelio de Dios para que acontezca en nosotros. Y de ese acontecer del Evangelio en nosotros se seguirán todos los otros frutos, algunos de los cuales se ven y otros no se ven.
Cuando los ojos nos impiden tropezar en una piedra, cuando con nuestras manos podemos, por ejemplo, llevar el alimento a la boca, unos órganos sirven a otros exteriormente. ¿Pero quién de nosotros piensa en las glándulas suprarrenales, o en la hipófisis, o en la tiroides? Están ahí soltando microgramos y miligramos de sustancias preciosas al torrente sanguíneo.
Uno puede morirse sin haber visto nunca la tiroides. Sin embargo esa tiroides está haciendo su obra al torrente sanguíneo, está haciéndole bien a todo el cuerpo. No tiene la vistosidad, ni la poesía, ni la nobleza de la mano, no tiene la altura, ni la majestad, ni la hermosura del rostro, y sin embargo está haciendo su obra. Cristo necesitaba no sólo apóstoles que fueran como las manos visibles, sino necesitaba también estos otros apóstoles que profundamente insertados en el Cuerpo de Jesucristo fueron soltando miligramos, microgramos al torrente de eso maravilloso que se llama la Comunión de los Santos, va tomando cierto perfume de la fiesta de todos los Santos.
Ya la discreción de estos Santos, como que nos va preparando a nosotros para pensar en toda esa multitud que celebraremos en pocos , con la bondad de Dios, en toda esa multitud que ha estado no a flor de piel, cuyas obras no se han visto tal vez demasiado, pero que sin embargo pertenecen con pleno derecho y con plena gracia al Cuerpo de Cristo.
Otra enseñanza que podemos tomar de estos Santos está muy bien expresada en aquella frase de San Francisco de Sales: "Tal vez Dios recibirá más gloria de otras personas que de nosotros".
Amar más a Dios significa muchas veces saber ocupar y saber recibir consciente y alegremente el puesto que a nosotros nos corresponde.
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