A medida que crecemos, vamos incorporando rostros y vivencias en la alacena afectiva de nuestra psiquis. Cada una de las personas que se incorpora a nuestra vida, nos deja un legado de vivencias compartidas, algunas coloridas y otras en tonos grises. A lo largo de los años, habrá rostros con nombre de heridas y otros los pronunciaremos con solemnidad como rezos en el camino. Al llegar la adolescencia, buscamos cada vez más descubrir quiénes somos, cuál es nuestro lugar en el mundo y hacia dónde vamos. Se inicia así una búsqueda personal que nos lleva a adquirir nuestra identidad y autonomía. A pesar de sentirnos vulnerables, intentamos alcanzar la otra orilla por nuestra propia cuenta, puesto que no queremos depender de nadie. Aunque nos muramos por dentro de inseguridad, rechazamos todo intento de rescate.
No sé si siempre fue así, pero es lo común que hoy día vivamos en un estado de constante sacrificio, sin disfrutar el momento con la esperanza de que solo a través de la realización de nuestros objetivos materiales seremos felices. Así pasan años, padeciendo el ahora ilusionados con que mañana, cuando obtengamos lo que queramos, seremos felices. Y pasa como cuando caminamos con la luz dando sobre nuestra espalda, que hace que la sombra se proyecte delante nuestra y por más que avanzamos, nunca coincidimos con ella.
Tener metas en la vida es lo más deseable, pues estas nos otorgan un propósito y con ello la voluntad para avanzar en la vida. Sin embargo, nunca otorguemos a esas metas el poder de definir lo que somos primordialmente hijos de Dios.
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