jueves, 18 de septiembre de 2014

Makáriori


Algo parecido de lo que dice aquella bienaventuranza de Nuestro Señor: Bienaventurados los que construyen la paz,-makárioi oi eirenopoiói-, dice en griego, los hacedores de la paz, los que hacen, los que producen paz, esos son los que tienen paz. Y los que ayudan a limpiar el mundo, esos son los que tiene paz, los que ayudan a salvar el mundo, esos son los que están salvos.
Unida al amor de Dios, se convierte en una gracia, en una oferta, en una manifestación de la limpieza de Dios, del amor de Dios. Lo mismo que encontramos en su hijo, el Divino y Nuestro Señor Jesucristo.
El Nacimiento de la Virgen María es que Ella es el fruto de una pareja, es el fruto de la intimidad, de la sexualidad, del amor de una pareja.
Una antigua tradición nos da los nombres de los papás de la Virgen: Joaquín y Ana. Aunque fueran otros los nombres de ellos, lo que quiero destacar de aquí es que esta flor bellísima nace de un matrimonio, nace de la intimidad, de la sexualidad de esta pareja.
Precisamente ha sido una de las señales, de uno de los criterios de discernimiento entre las doctrinas ortodoxas y las doctrinas heréticas.
Señal entonces de la fe cristiana es ese bendito y maravilloso equilibrio por el cual hay un amor al cuerpo, hay un profundo amor y respeto por el cuerpo, por el sexo, por la intimidad, pero sin embargo, en ese amor no hay traza de idolatría sino actitud de agradecimiento y alabanza a Dios por lo que ha hecho, conciencia de los peligros que puedan acechar a la carne y al mismo tiempo ofrenda de esa misma carne, como sucede en la Eucaristía, para alabanza de Dios, para amor de su Nombre.
El Nacimiento de la Virgen María de las entrañas de Ana, y de la unión y el sexo y el matrimonio de Joaquín y Ana, el Nacimiento de María, esa carne limpísima salida de nuestro sexo, muestra el aprecio profundo, el amor profundo de Dios por su criatura, por el cuerpo, e indica también un camino cierto de santificación para las personas que tienen esa vocación matrimonial.
Ahora bien, este Nacimiento de la Virgen no sucede al margen de toda aquella historia de misericordias que Dios venía escribiendo en el Pueblo de Israel.
Si Joaquín y Ana son unos padres, según lo vimos hoy, los padres de esta preciosa niña, la Virgen María, si Joaquín y Ana son también sus formadores, pues eso significa que son de alguna forma los herederos de todo el Antiguo Testamento.
Las actitudes con las que Joaquín y Ana fueron educadores de María, son el perfecto resumen del Antiguo Testamento y así hicieron de Ella Arca de la Alianza, primero de la Alianza Antigua, y luego preparación y tabernáculo para la Alianza Nueva.
Concretamente, esa generosidad, esa continua donación que significa formar un hijo para Dios, como hicieron Joaquín y Ana con María, esa continua donación sólo es posible cuando los corazones son humildes, cuando son creyentes, cuando no presumen de sí mismos y cuando tienen entrañas de misericordia, entrañas de compasión por el dolor de todo el pueblo.
De manera que Joaquín y Ana son santos, desde luego como personas, pero son también el resumen, la herencia del pueblo santo. De algún modo en ellos, generación tras generación, se han ido escribiendo las lecciones de humildad, de fe, de oración, de prudencia que van a darle su forma al corazón de la Virgen María.
Hoy la vemos recién nacida, pero ese corazón tendrá que ser formado y ciertamente lo será, ante todo, por sus papás.
Ellos que la han dado a luz con tanta alegría y generosidad, tendrán el encargo, bellísimo encargo, de imprimir en el corazón de María los rasgos de los profetas, de los reyes, de los sabios y de los patriarcas, y cumplieron su tarea divinamente. De modo que María llevaba la Palabra de Dios ya en su mente, la llevaba ya en su corazón y podía, por consiguiente, reconocerla en el anuncio del Ángel.
En el Nacimiento de María hay ya como un preludio del Nacimiento del Mesías. Está preparada el Arca de la Alianza, está preparado el tabernáculo, está preparado el tálamo en el que se va a celebrar la boda entre la naturaleza divina y la naturaleza humana.
Este corazón fue formado por toda la herencia del Antiguo Testamento a través de las palabras y de los ejemplos de Joaquín y de Ana. Bellísimo testimonio, bellísima imagen para animar especialmente a las parejas y a quienes tienen la vocación matrimonial en la educación de sus propios hijos.
Gocémonos entonces en esta celebración; pidámosle a Dios que nos conceda las gracias propias de este Nacimiento.
De hecho, cuando los cristianos quisieron de algún modo describir lo que había sucedido en ellos con la redención de Cristo pensaron muy, muy a menudo las palabras "nacer de nuevo".
En este nacimiento de María, un libro grato para que Dios lo lea, pidámosle a Dios que nos conceda renovar nuestro bautismo, nacer de nuevo y escribir en las páginas de nuestro libro palabras de arrepentimiento, primero, de perdón, después, de gracia, más tarde, y, finalmente, de gloria, de gloria a su Nombre y de gloria a su Amor.
La fiesta de la Inmaculada Concepción para la Iglesia entera es relativamente reciente porque, como sabemos, el dogma de fe de la Inmaculada Concepción fue declarado solemnemente el siglo antepasado, a mediados del siglo XIX. En cambio, esta fiesta del nacimiento de la Virgen es muy antigua.
La verdad es que más de una de las fiestas de la Virgen tiene que ver con dedicaciones de iglesias. Cuando se han querido celebrar misterios de la vida de María, sin que haya evidencia histórica sobre cuál día del calendario debería corresponderles, se ha apelado a este recurso: tomar fechas de dedicación de iglesias.


Son pocos los nacimientos que celebra la Iglesia: celebramos el nacimiento de Jesucristo, celebramos el nacimiento de San Juan Bautista y celebramos el nacimiento de la Virgen.
¿Es solamente un expresión de cariño, de piedad, de devoción? No sería un motivo despreciable: todo lo que vaya en orden a aumentar el amor a la Santísima Virgen María redunda en bien del pueblo de Dios porque el amor es unitivo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario