Meditar en la Pasión de Cristo, especialmente en los torrentes de caridad, de misericordia, de mansedumbre que manifestó Cristo cuando estaba crucificado, hace que sintamos el abrazo amoroso de Dios en la cruz y nos ayuda a enamorarnos de ese misterio.
Otro camino es mirar a la propia vida. Suele suceder que las épocas en las que tenemos más dificultades, en las que tenemos más problemas, más tensiones, son también las épocas más fecundas, son la épocas en las que realmente maduramos. Revisando nuestro pasado podemos decir: "Allí donde me visitó el dolor, allí me visitó el amor; y ese es un camino para encariñarse, para enamorarse de la Cruz del Señor. La meditación de la Palabra de Dios nos conduce también a valorar el misterio de la cruz, sobre todo con aquellos pensamientos que el mismo Cristo dice en el Evangelio: "Ahora va a ser juzgado el príncipe de este mundo" San Juan 12,31; el lugar de la perfecta victoria de Jesús es la cruz y en fin, hay otros pensamientos. Encontrar la cruz, encontrar la propia cruz y enamorarnos del misterio de la cruz, cosa que será lo mejor que podamos hacer, porque sabemos que tarde o temprano, por vejez, por enfermedad, por incomprensión, por tentación, todos nosotros experimentaremos algo muy cercano a lo que vivió Cristo, y si en ese momento estamos enamorados de la cruz, llevamos una gran ventaja en el camino a la obediencia, a la voluntad de Dios y a la plenitud de nuestra vida bautismal.
San Pablo, nos abre una rendija de su corazón y nos dice algo de lo que él sentía, de lo que a él le preocupaba, de lo que a él le alegraba o le cansaba, de lo que le motivaba.
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