jueves, 18 de septiembre de 2014

Particular

 
La gracia particular que trae la fiesta del nacimiento de la Virgen María es el anhelo de la salvación de Dios, porque un corazón que tiene hambre de la salvación de Dios, es un corazón que pronto se verá saciado de la salvación de Dios. Recordemos que para alimentarse no sólo se necesita que haya alimento sino que haya también el apetito.
Esta fiesta tiene esa gracia; tiene la gracia particular de acrecentar en nosotros en anhelo de la salvación. Las palabras de Miqueas, las palabras de Isaías, que fueron cumplidas en la vida y en la misión de la Virgen Santísima, nos animan a tener hambre de Dios, anhelo de salvación. ¿Qué tal que nazca este Jesús? ¿Qué tal que venga a nosotros?
Podemos decir que esta fiesta  nos hace tener hambre de la salvación de Dios; nos hace suplicar y aguardar esa gracia; nos pone, en fin, en esa tónica de la que dice Jesús: "Llamad y se os abrirá, pedid y se os dará" San Mateo 7,7.

El nacimiento de la Virgen María nos recuerda el abrazo del anhelo de Dios por salvarnos y el anhelo de la humanidad por ser salvados, y nos da el inmenso amor, nos da la inmensa dicha de tener hambre de Dios para que Dios pueda saciarnos.
. El Nacimiento de la Santa Virgen María nos invita a reflexionar sobre qué significa nacer. Nacer es dar a luz, nacer es venir a este mundo, nacer es comenzar una vida. Cada niño que nace es como un nuevo comienzo, cada niño que nace es como un libro que no está escrito.
Pero nacer también es venir al mundo y en este venir al mundo reflexionamos sobre de quién se trata, quién es esta Ilustre Visitante que llega a este mundo.
Nuestra fe nos ha enseñado, se trata de la Inmaculada Concepción; se trata de la criatura admirada no sólo por los hombres sino por los Ángeles, y estamos es diciendo que ha nacido, estamos diciendo que ha venido al mundo.
De manera que estamos afirmando que esa pureza, que cantaba el cántico al comienzo de la Eucaristía, que esa pureza fue llevada por Dios, fue conducida por este mundo; estamos diciendo que el mundo no tuvo poder sobre Ella y estamos diciendo que, aunque vino a este mundo y se condujo y vivió en este mundo, ni Dios tuvo miedo de que Ella estuviera en medio de los pecadores, ni Ella tuvo asco del pecado que la rodeaba.
Ella, y Dios que la había creado, tenían misericordia; y parece que la mejor protección contra el mundo no es el aislamiento o la lejanía, sino está en primer lugar la misericordia.
"Yo he vencido al mundo" San Juan 16,33.
La manera de estar distantes del mundo es tener para con él la actitud que él no puede tener para nosotros y esa actitud se resume en la preciosa palabra “misericordia”.
Este es el gran secreto de la perfección inmaculada de María. El corazón de María permanece inmaculado, el corazón de María permanece limpio por que ella limpia.

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