Porque la humildad no consiste en bajarse más allá del suelo. No hay que abrir un hueco y enterrarse. Basta con que vuelvas al suelo. Y le dijo Dios a Adán, que "tendría que volver al polvo del que había sido tomado" Génesis 3,19. No le dijo más abajo del suelo, pero sí al suelo.
Es preferible recibir de Dios la humildad, que recibir del mundo la humillación. Roguémosle a Dios que nos dé la sabiduría de los pequeños, la sabiduría de los humildes.
Por algo son los niños, los que tienen las preguntas más inteligentes. Por algo son ellos, los pequeños, los que tienen la palabra más libre. Por algo son también ellos, los que son más vecinos de la alegría, de la esperanza, del canto.
Recojamos la enseñanza de los pequeños, y agradezcámosle al Padre Celestial que haya puesto su Evangelio para ellos.
Que si hoy todavía no lo somos, deja pasar unos años. Deja que lleguen otras circunstancias, y encontrarás esa puerta siempre lista, siempre abierta. Allí te aguardará el Señor, allí estará Jesús para darte su gracia como el primer día.
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