Trata de mirar al que no te mira, de interesarte por el que no piensa en ti, de buscar al que ya nadie busca, de servir al que es inútil. Mira más allá de tu circulo, sal de ti. mira más allá de las personas que siempre saludas y te saludan, que siempre has querido y te quieren, o como decía Cristo: "Esa gente que tú siempre invitas y te devuelven la invitación" San Lucas 14,12. Trata de mirar cuál a esa persona a la que tú puedas hacer algo, que no te lo puede devolver, tan sencillo como eso. Este señor cuenta ahí todas sus experiencias, su peregrinación por su propio país, es decir, China, y él termina con una sensación de náusea, de tristeza, de asco por la vida, diciendo más o menos que si tuviera más valor se suicidaba, pero le falta hasta valor para eso, entonces toca seguir viviendo; es decir, es el estilo repugnante de los existencialistas occidentales de hace treinta o cuarenta años.
Lo traigo aquí a cuento porque así está buena parte del mundo hoy. Mire, este protagonista, que yo no sé si retrata bien a lo que es la vida del mismo autor; este protagonista jamás se le pasa por la cabeza hacer nada gratis por nadie, ¡jamás! Y esa es la raíz de la locura, del encerramiento, del absurdo en el que vive nuestro mundo, ese andar mirando a las personas para calibrarlas y no darles más amor del que estamos seguros que nos van a devolver.
Eso es lo que hace insufrible la vida, ese quitar la palabra fantástica, la palabra gracia; la palabra, la única palabra que le trae brillo y vida a la vida, es la palabra gracia; pero la palabra gracia nace cuando la carne se inmola, cuando David desaparece y su descendiente, Cristo, surge; cuando el orden de la carne baja y cuando la novedad del Espíritu amanece.
Receta para tener una vida aburrida y escribir una obra que dé asco: no haga nada sino midiendo el bien que va a recibir; no haga nada sino calibrando su beneficio. Esa es la receta para tomarle odio a la humanidad, asco a la vida; no haga nada sino midiendo su beneficio; calcule y mida a las personas, y apartir de lo que usted sabe que le van a dar, obre con ellas. Esa es la receta para encerrarse en la lógica de la carne.
La propuesta que nosotros descubrimos, según esta interpretación alegórica del Evangelio de Cristo, es exactamente lo contrario: pronuncia en tu vida la palabra gracia, ¿cómo? Mira más allá de los que te pueden devolver, de los que te puedan pagar, de los que pueden hacer por ti lo que puedes hacer por ellos, y ahí gasta, ahí entrega, pierde de ti, entrega de ti, en aquel y por aquel que no puede devolverlo.
Puede seralgo tan sencillo como una sonrisa, como un abrazo, como una palabra, o puede ser algo tan grande como la vida entera.
Nuestras dos enseñanzas de hoy, después de todo este análisis: primero, sigue la intuición más alta y bella que Dios haya puesto en tu alma, algo morirá en ti, pero por fin serás fecundo, Segunda enseñanza: si quieres una vida absurda, pásate calculando tus beneficios y midiendo quién te puede dar lo que le das. Si quieres una vida hermosa, pronuncia en esa vida la palabra gracia, entregando por alguien, entregando por muchos, lo que ellos jamás podrán devolverte.
Ahí encontrarás para qué se hizo la vida, para qué estamos en la tierra, y ahí encontrarás, por qué, cuando esa palabra se muere, entonces se escriben obras como "La Montaña del Alma", llenas de absurdo; termina el hombre diciendo: "Y bien, mi conclusión es: nunca entendí nada de nada, pero bueno, ahí me gané el Nóbel".
Dos enseñanzas: sigue la intuición más bella de tu alma, algo va a morir en ti, siempre hay que dar algo, siempre, pero tú vas a encontrar lo que no tenías, tú vas a encontrar ese Pan de Cielo y vas a dejar pan de la tierra; y, busca, busca, vuélvete a preguntar.
Si yo insisto, si yo pregunto es porque tengo la esperanza, que mientras yo estoy hablando, también el Espíritu Santo te va removiendo por dentro, te va removiendo la memoria, quizás trae a tu mente el recuerdo de alguien, ¿será un vecino? ¿Será un empleado? ¿Una empleada? ¿Alguien que está cerca? ¿Un pariente al que nunca llamas? Quién será esa persona que nunca recibe nada de ti, porque sólo es culpable de una cosa: es inútil para ti.
Si la persona que es inútil para ti, jamás recibirá nada de ti, tu vida está inscrita en la lógica implacable y estéril de la carne, y eso conduce al absurdo y a la muerte.
Ve más allá de eso, busca esa persona, interésate por esa persona, que Dios te la esté recordando en este momento, que tú tengas en este momento ese rostro, y que puedas salir, con la bondad suya, puedas salir de aquí dispuesto a prestar un poco de tu vida, a dar un poco de tu tiempo para esa persona.
Porque al fin y al cabo, la medida de tu tiempo es como una especie de bolsa grande que Dios te entregó cuando naciste, y sí tú no gastas tus monedas allí donde Dios quiere que las entregues, vas a morir aplastado por el peso de tu propio tiempo, que nos has sabido en qué invertir.
"Dios no es un Dios de muertos, sino de vivos" San Marcos 12,27,recordaba la vocación fundamental del ser humano en la gloria del Padre Celestial en los cielos.
Hoy recuerda a los escribas, empezando por este que le habla, que de todos los mandamientos y de todos los preceptos, hay algo que es fundamental: el amor a Dios y el amor al prójimo.
¡Qué bueno que Jesús nos recuerda a nosotros una y otra vez qué es lo esencial dentro de nuestra vida; Jesús tiene una mirada y una palabra que va como al núcleo del asunto; Jesús no nos deja dispersar; acuérdate del caso de la samaritana; la samaritana era a irse por otro lado: que si la Ley, que si el monte, Jerusalén, judíos, samaritanos, hombre, mujer.
Y Jesús va al núcleo del problema: "Si desconoces el don de Dios" San Juan 4,10, yo tengo para ti una oferta nueva". Maravilloso entrar en diálogo con Jesucristo y que Jesús nos lleve al núcleo y a la verdad de nuestra propia vida; esto es lo propio de los que han aceptado a Cristo con todas sus consecuencias; se han sentido confrontados por Jesús.
Decía un Santo padre del desierto, cuando se acercó un candidato a esa vida, que era ardua, y decía este joven candidato: "¿Qué tengo que hacer?" Y respondió el santo monje del desierto: "Obra como si no existieran sino Dios y tú en esta tierra".
Sentirnos así confrontados por Jesús, ponernos solamente ante Él; Jesús nos lleva a la verdad de nuestro corazón, nos lleva a lo esencial de nuestra vida; nos obliga, en ese sentido, a ser verdaderos, a recoger el centro de nosotros mismos.
Porque uno puede estar muy atento a muchas cosas, como este escriba con los seiscientos y pico mandamientos que estaban en sus escuelas rabínicas; uno puede estar atento a demasiadas cosas y a agradarle a demasiada gente y a satisfacer demasiados intereses.
Jesús nos devuelve a la verdad de nosotros mismos. Que Él, con la gracia de su Espíritu, se haga presente como Rey en nuestros corazones y los lleve a esa confrontación sincera, profunda; de ahí sale el verdadero predicador, de ahí sale la persona creíble, porque es una persona que se ha vuelto transparente, una persona que tiene una sola intención.
Precisamente, en estos días de examen para la profesión religiosa, lo que uno más quisiera de uno mismo, y de cada uno de los frailes, es eso: que fueran personas que se hubieran puesto de frente ante el Sol de Jesucristo, hasta que Jesús no les viera sombra ni un doblez; allí donde la tela se dobla, se hacen sombras y la luz no llega.
Que Jesús nos extienda, que no quede ni un pliegue, ni una sombra, ni un doblez; que todo quede iluminado por ÉL, que llegue cada uno a la verdad de sí mismo.
Cuando una persona está así extendida, como el alma de la Santísima Virgen, por ejemplo; cuando una persona está así extendida ante Dios, es una persona sincera, transparente, clara, no tiene nada qué ocultar, se sabe de dónde viene, se sabe para dónde va.
Un alma así transparente, un alma llena de luz tiene también una palabra creíble. Es lo mismo que pasa con una guitarra, si la caja de resonancia tiene algo que no pertenezca a la guitarra, el sonido se daña inmediatamente. Si usted le metiera, por ejemplo, una bufanda, qué sé yo, a la caja de esa guitarra, pues no va a sonar bien, queda con un estorbo, tiene algo ahí que le está estorbando.
Si, en cambio, se saca, se limpia esa caja de resonancia, y está sola la guitarra, entonces su sonido es claro, es brillante, es hermoso.
Que salga de nosotros todo lo que no le pertenezca a Jesucristo, y que haga nuestros corazones así, que cuando suenen, suenen como la guitarra que está limpia y que está afinada, que no haya estorbos por allá.
Porque si tenemos esos otros estorbos y esos otros intereses, cuando suena la voz nuestra, suena hipócrita, suena mentirosa.
Jesús tiene un oído finísimo, acuérdate lo que le pasó con los saduceos, acuérdate lo que le pasó con los fariseos: llegan estos con su gran hipocresía: "Sabemos que tú eres muy sincero, sabemos que tú dices la verdad sin contemplaciones, por eso venimos a preguntarte: ¿Pagamos impuesto o no pagamos impuesto?" San Marcos 12,14.
Jesús capta la hipocresía inmediatamente, les dice: "¿Ustedes por qué me tienden trampas? Yo creo que Jesús, que escucha todas nuestras palabras y todas nuestras predicaciones, también de pronto algunas veces podría interrumpirnos, y podría decir: "No sea hipócrita, usted no tiene que decir eso, a usted le queda grande decir eso, guarde silencio, limpie ese corazón".
Yo creo que Jesús tiene muchas cosas que corregirme a mí, tiene muchas cosas que limpiar en nuestros corazones, hasta que el alma esté sin pliegues, hasta que esté limpia y transparente, y la voz entonces suene cristalina, suene creyente, que cada persona que nos escuche, diga como decía San Pablo: "Aquí hay un administrador de los misterios de Dios" 1 Corintios 4,1 así decía San Pablo.
Que la gente sólo vea en nosotros administradores de los misterios de Dios; eso es tener el alma limpia, la caja de resonancia limpia, y ahí resuena la voz de Dios.
Y, claro, una palabra así hace maravillas, es una palabra que encuentra eco en las últimas fibras del corazón de los oyentes, transforma corazones también y le da la gloria a Dio
"Si crees, es posible" San Marcos 9,23.
El Evangelista nos cuenta que aquel hombre gritó: "Yo sí creo, pero ayuda a mi poca fe" San Marcos 9,24.
Esa oración de grito, esa oración de llanto, esa oración que nace de estrellarse uno con las dificultades, con los límites absolutos de uno mismo, esa oración que a veces ni palabras tiene, esa oración profunda, quemante, tiene un inmenso valor ante Dios.
Porque no está el valor de la oración en la elocuencia de las palabras, sino está, en primer lugar, en ese arrojar toda nuestra confianza en el Señor; una oración así logra grandes coas; una oración que se lanza completamente hacia el Señor. Por eso podemos esperar muchos bienes de esa oración.
Nada es difícil para Dios, no sólo no es imposible, sino que nada es difícil; Él es poderoso sin esfuerzo; Dios puede hacer grandes cosas por nosotros; Dios puede liberarnos, puede sanarnos, puede desatarnos de malas costumbres, de vicios, de resentimientos; Dios tiene poder para sacar de nosotros todo poder de las tinieblas.
Y lo que hoy nos ha presentado esa Primera Lectura es un par de personas que hicieron eso ante Dios y a las que Dios escuchó; se lanzaron a ese Dios; botaron, arrojaron toda su confianza en Dios.
Ese verbo arrojar es el mismo que aparece en la Carta de Pedro cuando dice: "Arrojad sobre el Señor todas vuestras preocupaciones" 1 San Pedro 5,7. Una oración así, repleta de confianza es también una oración llena de humildad. Si algo tienen estos dos orantes del Libro de Tobías es una profunda humildad.
Aquel ciego triste no dice: "¡Qué desgracia", o, "¡qué injusticia que yo me haya quedado ciego!", que podría haberlo dicho, lo que dice es: "Soy un pecador, pertenezco a un pueblo de pecadores, pero no puedo más" Tobías 3,3.
Lo mismo sucede a esa Sara, que no podía conocer la alegría del matrimonio; sin comer, sin beber, en ayuno, en silencio, en humillación, no tiene otro refugio que Dios, y se humilla ante Dios y le pide.
Esta oración viene del Espíritu Santo, esta oración se parece a eso que dice San Pablo que: "El Espíritu Santo intercede en nosotros y por nosotros con gemidos inefables" Carta a los Romanos 8,26.
Yo pienso que ansiar la oración, así nos lo enseña San Agustín, ya es orar; tener ganas de ser orantes, muchos no hemos podido, no hemos encontrado camino, muchos quisiéramos llevar verdaderamente una vida de oración, y tal vez encontramos tropiezos, tal vez las palabras de la Escritura quedan ahí como en el papel; tal vez las experiencias de otras personas nos parecen como lejanas, o como fanáticas, o como excesivas, o como acríticas.
Pero hay algo, hay un borbotear, hay un murmullo del Espíritu, allá en lo profundo de nuestro corazón, que nos invita, que nos llama a orar; en ese gemido del Espíritu, en ese clamor del Espíritu hay algo, hay una obra de Dios, y esa obra de Dios se puede volver un torrente de oración y esa oración Dios la escucha.
"Es que hay que pasar por muchas cosas para ser verdaderos discípulos, para entrar en el Reino de Dios" Hechos de los Apóstoles 14,22; hay que saber pasar por la contradicción, por la humillación, por el desconcierto, por la soledad.
Me cuentan que hubo un predicador que dijo, que desde que uno se convertía ya no había más desierto, ¡falso! El primero que entró en el desierto fue Cristo, Él va delante de todos nosotros, tremenda efusión del Espíritu Santo en su bautismo y nos dice San Lucas: "El Espíritu lo empujó al desierto" San Lucas 4,1.
La prueba, la tentación, el dolor, el desconcierto, el fracaso, el sufrimiento, la contradicción, la humillación, el regaño, la exhortación, ¡todo eso lo necesitamos!
Leamos el capitulo doce de la Carta a los Hebreos, ¡qué importancia la que tiene que haya alguien que nos pueda corregir! Y allá no dice corregir, dice "regañar" Hebreos 12,6, y dice "castigar" Hebreos 12,10.
Hay que pasar por eso, porque si no, uno no se forma nunca, si no, uno hace siempre lo que se le da la gana y cree que siempre va bien huyendo del dolor, y por eso ese cristianismo superficial que no convence a nadie, y que tampoco sirve para acoger el dolor de los pobres.
Hay que saber pasar también por el momento de la prueba, por el momento del dolor, ¿quien más amada que María? ¿De quien se ha dicho lo que se ha dicho de Ella? "Has hallado gracia ante Dios"? San Lucas 1,30, imagínate, ¡semejante elogio! "Has hallado gracia ante Dios" San Lucas 1,30.
Y a esa Santísima Señora, de todos modos, Dios la condujo al dolor inconmensurable de la Cruz: "Una espada te va a atravesar el corazón" Categoría: San Lucas 2,35; la misma mujer a la que Dios le dijo: "Has hallado gracia ante mí", esa misma mujer tuvo que oír: "Una espada te atravesará el alma" San Lucas 2,35.
Es decir que el discípulo tiene que vivir todas estas cosas, y sólo el que ha vivido todo esto, sabe acoger a su hermano, sabe entender a su hermano, sabe guiar a su hermano.
Me parece que el texto que dice esto de manera más clara, está en la Carta a los Hebreos, ustedes buscarán la cita: "Cristo, siendo hijo, aprendió sufriendo a obedecer, y se ha convertido en causa de salvación para los que lo obedecen" Hebreos 5,8.
De manera, hermanos, que dejemos ese cristianismo, si lo teníamos, ese cristianismo de "dopping", ese cristianismo de fuga, ese cristianismo de superficialidad; siempre llegan días en que uno se queda sin respuesta.
Les cuento sólo una historia: ustedes saben, mis hermanos, que Dios en su bondad, ha tenido piedad conmigo, me ha ayudado inmensamente en el ministerio de la predicación, y a veces uno cree que uno puede predicar casi en cualquier circunstancia, no es cierto, soberbia se llama eso.
Estaba visitando yo a una vecina de nuestro convento en Bogotá, señora que padecía un doloroso cáncer, fui yo a visitarla, a orar por ella, a llevarle una palabra, y efectivamente llegué y empecé a compartir algún testimonio con ella.
Manifestó una alegría muy grande, me agradeció la visita, me dijo que se sentía muy feliz, que sentía la presencia de Dios y empezó a gritar, y no a gritar de alabanza, se le despertó no sé que dolor, duró quince minutos bramando de dolor, y ahí estaba Nelson Medina frente a ella, callado, sin poder decir, lo mismo que Ezequiel, sin poder decir una sola palabra.
Trataban de aplicarle unos calmantes, parece que ya nada le estaba obrando; creo que es de las ocasiones en mi vida en que me he sentido más impotente ante el dolor físico.
Y eso, mis hermanos, no es sino el cumplimiento de lo que dice la Escritura en varios lugares, por ejemplo, en el profeta Zacarías: "Quedarán estupefactos, mirarán al que traspasaron" Zacarías 12,9.
Frente al dolor supremo, frente al dolor total y al amor total de la Cruz, uno se queda sin palabras.
Puede parecer un poco extraño que una jornada de predicación y de evangelización en la Renovación Carismática, tenga tantos dolores como estos que tiene esta predicación, pero mis hermanos, es que precisamente a veces me parece, que en la Renovación Carismática, quizá por esa raíz un poquito protestante que tiene, que no es del todo mala, se nos ha entrado o se nos puede entrar una cierta superficialidad.
Y Dios quiere cristianos alegres, pero cristianos profundos, gente que sepa hablar, gente que sepa callar. Hay momentos en que lo único que podemos hacer, y díganmelo a mí, es callar, cerrar los ojos, pedir misericordia y decir: "Ahora mismo estoy como ante Cristo crucificado".
Tercer punto: Dios escucha la oración. Cómo es difícil decir esto, cuando muchas veces experimentamos el silencio de Dios, eso sí que es duro, el silencio de Dios.
Entre las cosas más fuertes que anuncia el libro del Deuteronomio para el pueblo de Dios, una es ésta: "Y los cielos se volverán de bronce para ti" Deuteronomio 28,23, ¡qué duro! Y eso es lo que sentimos en los momentos más crueles, y en los momentos de mayor soledad, como si el cielo fuera de bronce, el silencio de Dios.
¡Los grandes santos han pasado por ahí! San Juan de la Cruz, por ejemplo, nos habla de "la noche oscura del alma", el silencio de Dios, donde no nos queda sino la fe; el silencio de Dios, como el de Cristo en la Cruz, ese silencio, explica San Juan de la Cruz, es el que deja desnuda al alma.
Cristo en la Cruz está desnudo, Cristo es el esposo del alma, y el alma tiene que desnudarse también ante Cristo; Cristo quiere unirse con el alma y la desnudez de Cristo tiene que unirse a la desnudez del alma, pero al alma sólo la desnuda y sólo la purifica este momento último de silencio.
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