martes, 9 de junio de 2015

Retorna


"Maestro, que pueda ver" San Marcos 10,51. El Eclesiástico nos cuenta qué es lo que se ve.

 "¿Quién se cansará de ver las obras de Dios?" Eclesiástico 42,25. "¡Qué amable son todas tus obras! Todas difieren unas de otras, una excede a otra en belleza" Eclesiástico 42,22-25.
¿Qué clase de sanación necesitarán nuestros ojos, para descubrir efectivamente esa belleza que hay en todas las obras de Dios? Se mira, por ejemplo, la majestad del sol, la grandeza de los cielos. Se mira, por ejemplo, la delicadeza de la rosa, el rocío en la mañana, y ahí parece como más fácil contemplar la obra de Dios.
Lo maravilloso no es reconocer a Dios allí donde no está el ser humano, sino reconocer también la obra y la maravilla de Dios allí donde están esos pensamientos y esas palabras de las que también habla el Eclesiástico.
Aquí dice: "Dios fortaleció sus ejércitos para que estén firmes en presencia de su gloria. Sondea el abismo y el corazón, penetra todas sus tramas" Eclesiástico 42,17-18.
Mira cómo con delicadeza y poesía, -como lo ha venido haciendo-, nos pasa de las obras de la naturaleza a las obras que también Dios hace en los corazones humanos.
El mismo que se pasea por el cuento de la tierra, el mismo que sondea los abismos, Ése mismo conoce y sondea también ese otro abismo, -si se quiere mayor-, que es el corazón humano.
"No se le oculta ningún pensamiento ni se le escapa palabra alguna" Eclesiástico 42,2.
No dejan de ser obras de Dios aquellas que suceden en los corazones humanos, y no dejan de ser obras de Dios aquellas que se pronuncian con labios humanos.
Pero, reconocer ese paso de Dios también en lo mezquino, en lo cotidiano, en lo cansado, en lo egoísta, en lo envidioso, en lo triste que tienen tantas veces las vidas de los hombres, éso sí es tener sanos los ojos, éso sí es tener puro el corazón, éso sí es tener verdaderamente abiertos los oídos.
Y por eso, cuando uno escucha el relato del hijo de Timeo, de Barcineo, sanado, uno dice: "¡Qué bueno para ese ciego que fue sanado!" No obstante, el relato ya en la intención del evangelista, va más allá: se trata de que uno pueda reconocer su propia ceguera.
Si nuestra alabanza se achica, se acompleja, se detiene cuando llegamos a las vidas humanas, si nosotros somos capaces de bendecir a Dios por las montañas y por las plantas, los animales, las estrellas y los vientos, y toda esa poesía de nuestra alabanza se congela en la boca cuando llegamos a los seres humanos, quiere decir que también nosotros estamos ciegos.
Si podemos bendecir a Dios con fuerza y surge un cántico ante la alborada, el crepúsculo, la grandeza del mar, pero cuando llegamos a nuestra propia vida entonces tartamudeamos, enmudecen nuestras bendiciones y ahí sí no sabemos qué decir, significa asimismo que nosotros necesitamos, como el hijo de Timeo, ser sanados por Dios.
Este hombre, este sabio que escribe aquí en el Eclesiástico, dice: "Voy a recordar las obras de Dios y a contar lo que he visto" Eclesiástico 42,15.
etorna al Altísimo" Eclesiástico 17,23, dice el libro Eclesiástico, vuelve al Señor, abandona el pecado. Uno no cae en la cuenta de esto. Imaginémonos una persona que quiere ir a Barranquilla, por ejemplo, por cualquier razón quiere ir a Barranquilla, pero no quiere dejar Bogotá.
Entonces llega hasta la Caro y dice: "No, eso me va a tocar dejar Bogotá", entonces llega hasta la puerta del aeropuerto y dice: "No, es que me va a tocar dejar Bogotá".
Ser realista en la vida espiritual es caer en la cuenta de que para ganar algo hay que perder algo, y uno no progresa porque le falten ganas de avanzar, sino porque le faltan ganas de dejar lo que tiene que dejar. Eso es lo que amarra.
Lo que amarra no es tanto que a uno le falte una apreciación o un gusto por lo bueno, ¿a quién no le va a gustar lo bueno? Lo bueno gusta, el problema es que lo malo también gusta, ese es el problema. El problema es que las cosas malas tienen su propio gusto, y que el gusto bueno de lo malo, hace que uno no deje lo malo.
Entonces uno no se pone en camino. La palabra que pone en camino no es la palabra “sí”, sino la palabra “no”; cuando uno dice no, entonces ahí empieza a avanzar.
El corazón humano funciona aquí como funcionan las cosas según la ley de la gravedad, y, ¿cómo funciona la ley de la gravedad? Aquí tenemos un Misal pesado; este Misal por su propio peso, tiende hacia el suelo. Si no hubiera un obstáculo, en este caso, humano, que impide que el Misal caiga, si no lo recibo, él, por su propio peso, se iría al suelo.
El alma, por su propio peso, se va hacia Dios. Dios tiene suficiente atractivo y Él tiene suficiente fuerza para seducir, para cautivar el corazón. La palabra pone en marcha la vida espiritual no es tanto la palabra “sí”; el esfuerzo por ser buenos, es decir, voy a quitar el obstáculo.
El corazón humano tiene una tendencia natural hacia Dios, una vez que la palabra del Evangelio ha sido pronunciada en nuestras vidas, toda la fuerza cautivante del amor de Dios está en nuestra disposición; lo que se necesita es empezar a decir "no".
"Vuelve al Señor", eso se entiende, abandona el pecado; hay que abandonar el pecado. Suplica en su presencia.
"Retorna al Altísimo" Eclesiástico 17,23, eso queremos hacerlo; aléjate de la injusticia y detesta de corazón la idolatría. La injusticia es aquí como el resumen de todos los pecados contra el prójimo, y la idolatría es como el resumen de todos los pecados contra Dios.
"Retorna al Altísimo" Eclesiástico 17,23, eso queremos, retornar al Altísimo, a una vida seguramente cristiana, una vida en el Espíritu .


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