Tenemos el deber de presentar a nuestro Dios como lo que Él es, un Dios que es fuente de toda bondad, un Dios que se goza caminando con su pueblo, que quiere estar en medio de todos, y que quiere que los bienes alcancen para todos, como en esta hermosa fiesta que fue dirigida por el rey David. Así tiene que ser la alegría cristiana.
Es deber nuestro mostrar ese rostro amable, optimista, alegre, fuerte, vigoroso. Especialmente cuando se trata de los niños y de los jóvenes, tenemos el derecho y el deber de presentarles ese Dios atractivo, ese Dios maravilloso, ese Dios que es verdaderamente alegría de nuestra vida.
Dios quiere la alegría, pero una alegría sin pecado., tenemos el deber de presentar el verdadero rostro de Dios, que es un Dios acogedor, que es un Dios amoroso, que es un Dios que se goza caminando en medio de su pueblo.
No puede haber plena alegría mientras no sea alegría para todos. En el libro del Deuteronomio se habla también de las fiestas, porque la Biblia, en contra de lo que se piensa a veces, está muy interesada en la alegría. en el Deuteronomio, cuando se habla de las fiestas, o en esta escena del rey David, hay una constante: la alegría es para todos.
Mirando esta linda escena, nos damos cuenta, mis hermanos, que el ideal de la alegría no lo podemos alcanzar con nuestras solas fuerzas. Vivimos en un mundo trastornado por violencia, un mundo trastornado por injusticia y un mundo trastornado por la concupiscencia, por la codicia, por el afán de disfrute ilícito, excesivo.
Esta alegría, esta escena que meditamos, nos habla de ese último día, esa maravillosa realidad que se llama el Banquete del Reino de los Cielos. Allá será perfecta la alegría, allá será perfecta la justicia. hasta el más pequeño y el más pobre tendrá su ración, el pecado no existirá sino solamente para proclamar la victoria de Dios sobre el mal.
Tenemos que esforzarnos por purificar la alegría en esta tierra, tenemos que tener conciencia de que la perfecta alegría es la invitación que Dios nos hace para su Casa en el Cielo.
David llevó el arca hacia el monte Sión, el monte que Dios había conquistado. Así también Dios, habiendo logrado victoria sobre todos nuestros enemigos, sobre el demonio y sus secuaces y sobre toda suerte de pecados, nos conducirá a ese monte Sión. Dios nos conducirá a la Montaña Santa, y allá, Él mismo nos dará el Banquete.
Esa realidad maravillosa no es otra sino el Cielo. Pero el Cielo tiene una anticipación en el altar, y el Cielo tiene una anticipación en la Eucaristía. Cada uno de que asisten a la Eucaristía, recibe su porción, es Cristo mismo y es su Sangre preciosa.
Es Jesús dándose a nosotros. no hay alegría más perfecta hasta que llegue el Cielo, que una comunidad unida, purificada, alimentada por Dios, que canta con júbilo y que recibe su porción. Su porción es el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Ese es el gozo más perfecto, y un poco, de ese gozo tenemos nosotros al acercarnos a comulgar.
Que Dios colme nuestra alegría, nos ayude a construir la justicia, y aliente nuestra esperanza hasta el día del Cielo.
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