martes, 7 de enero de 2014
Rastro
El cuarto y último capítulo de Lumen Fidei saca la conclusión lógica sobre los bienes que trae la fe. Si la fe no es un acto de imaginación ni de superstición; si no es fruto de ignorancia ni de conveniencia; si no es puro sentimiento ni decisión de la voluntad en el vacío; si no es subjetivismo ni pura costumbre social; si todo eso es así, entonces la fe toca una verdad que es profunda, real y pública, y por eso la fe no puede quedar confinada a los márgenes de la historia humana, ni se la puede recluir en el ámbito domesticado de las experiencias privadas.La fe está llamada a iluminar toda realidad humana, y eso significa: el mundo para Cristo. No se puede ser creyente y quedarse tranquilo viendo que la sociedad o la familia se organizan al margen del plan de Dios. Algunos dirán que al hablar así esta encíclica relanza un proyecto de cristiandad y por tanto de control y privilegios para el clero católico. En esto los creyentes de hoy hemos de sacar las lecciones, muchas veces duras, incluso humillantes, del pasado.
El proyecto es el mismo: el mundo para Cristo, todo para su gloria, “instaurare omnia in Christo,” como puso en su lema San Pío X. El proyecto no cambia. Lo que hay que tener presente es que no se puede buscar el reinado de Cristo por otros métodos que no sean los de Cristo.
Tres son los ámbitos principales en que hay que edificar esa ciudad de sólidos cimientos: la familia, los valores de la sociedad, y el camino de los que sufren.
Cuando una persona realmente se va encaminada hacia Dios, realmente se va encaminando hacia la cruz; cuando una persona comienza en forma y en serio la vida espiritual, comienza en forma y en serio a interesarse por la cruz.
Pero cuando a una persona le empieza a interesar desde el fondo de su alma ese enigma, esa mezcla de pregunta y respuesta que es la cruz de Cristo, cuando una persona presiente que ahí está, que en esa noche está la luz suprema, sublime, está ya muy próxima la gloria y la luz que no acaba nunca, la luz de la eternidad.
Memorial de esta cruz y de este sacrificio es la Eucaristía. En la contemplación de ese Pan que sólo puede repartirse partiéndose, el cristiano mira su propio misterio: sólo puede amar dándose, sólo puede existir desapareciendo, sólo puede resucitar muriendo.
"Yo soy la luz del mundo" San Juan 8,12, dijo Jesucristo en algún texto del evangelio de Juan. Nos conmueve mucho mirar a Jesús. La Luz buscando la parte más oscura, la parte más tenebrosa de su propio país.
Imagínate el nombre que le tenían: Galilea de los Gentiles. Allí donde ya casi no quedaba rastro de alianza, allí donde prácticamente se había olvidado el testimonio de Dios.
Mira que Jesús escogió para empezar su misión la parte más alejada, la más humillada, la más marginada, la más difícil, la más enferma, la más oscura, la más extraña. Habitaban en sombra de muerte. Es impresionante pensar que Jesús, siendo la luz, busca las sombras de la muerte.
Ese es el retrato vivo de la compasión, esa es la misericordia: tener, pero no tener para sí mismo, sino para aliviar, para sanar, para bendecir. Escogió ese lugar, escogió esa tierra para empezar a poblar de luz lo que estaba a oscuras.
Se pone uno a mirar a Jesús haciendo esa obra, arrancándole al demonio una por una esas almas. Sacando de las fauces del lobo a sus ovejas. Como un obrero solitario en un país extraño construyendo una obra bella. Este evangelio nos lleva a creer en Cristo, a creer en el poder de la luz de Cristo
¡Qué bello es meditar en Jesucristo! ¡Qué bello es mirar esas manos del Profeta de Nazaret! ¿Quién de nosotros no le dirá a Jesús: “Pon esa mano sobre mi cabeza"; "toca Jesús, mi corazón enfermo"; "pasa tu mano sanando todo cuanto està enfermo y necesita de tì….; “Estoy enfermo, Jesús, ayúdame"; "sáname, Señor, compadécete de mí, soy un pobre pecador, pero tengo mi esperanza puesta en ti. Sáname Señor, cúrame”?
Jesús no es tardo en responder. De muchas maneras Jesús sigue manifestando esa luz de consuelo y de esperanza; de muchas maneras Jesús sigue siendo ese resplandor que ya no se apaga, ese resplandor que permanece, ese faro que vence a la noche.
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