Por eso es necesario “entrar” en sí mismo: porque sólo en uno mismo, en la propia historia, puede uno llegar a la convicción profunda de cuánto se necesita ese Puente y qué saludable es ir a través de Él.
Además, el pecado es siempre olvido de Dios, o dar la espalda a Dios, por volverse hacia los bienes parciales que nos ofrecen las creaturas. En tal sentido, la vida de pecado está volcada hacia afuera, según aquello que reflexionaba San Agustín en sus Confesiones, ya tiempo después de la conversión: “Tú estabas dentro de mí, Señor, y yo afuera…” Si pecar es quedarse retenido “afuera” parece lógico afirmar que convertirse implica entrar en sí mismo y descubrir allí a Dios. Es lo que propone Santa Catalina.
Para llegar a esa casa interior del conocimiento de sí mismo es preciso salir del agua del río. Aunque uno no puede llegar a la orilla de Dios por las propias fuerzas, sí puede y debe volver a la verdad de su condición de ser humano, con todas las limitaciones y pecados. Hay obstáculos externos a nuestra verdad profunda, que quieren impedir que lleguemos a esa verdad. Los principales son:
(1) Inmadurez: cuando uno pretende que la responsabilidad de la propia vida recaiga siempre en otras personas, usualmente del propio pasado: lo que los papás fueron o hicieron, etc.
(2) Ignorancia, que puede ser salvable o insalvable.
(3) Error, cuando uno ha llegado a convencerse de algo que no es cierto, por ejemplo, por repetición del entorno.
(4) Cinismo: cuando, agotado de luchar por cambiar lo que parece reprobable, uno intenta convencerse, y convencer a los demás, que ello no tiene nada de malo.
(5) Desesperación: cuando, agotado de luchar, y aveces también: agotado de tratar de convencerse de que no está mal lo que sí está mal, la persona renuncia a la esperanza y se enclaustra en su pasado.
Esos diversos obstáculos forman una especie de anillo de maleza que impide entrar en la “casa” del propio conocimiento.
Este tipo de comportamientos asumen el control sobre una parte o mucho de lo hacemos, pensamos o decimos. Son como tiranos que frenan el señorío de Cristo en la propia vida. Son como piezas de absurdo que se instalan como contradicciones permanentes de nuestros mejores propósitos.
Sin pretender hacer una lista exhaustiva, deben contarse entre los obstáculos interiores los siguientes:
(1) Desquites: Tendencias a hacer justicia en la propia vida de las carencias o injusticias padecidas.
(2) “Inversiones”: Conjunto de actos y comportamientos con los que uno intenta “comprar” la atención, el cariño o la aprobación de otros.
(3) Temores: Heridas permanentes que el miedo dejó en la propia vida.
(4) “Demostraciones”: Actitudes y comportamientos que intentan probarle a alguien, incluso ya ausente o difunto, que uno no era lo que ellos pensaban de uno.
(5) “Urgencias”: Dependencias, de tipo orgánico o emocional, que generan deseos irreprimibles e ingobernables.
(6) Inseguridades: Marcas profundas que la duda o la desaprobación dejaron en la vida.
A medida que estos obstáculos, que son como un “anillo interior,” van siendo desenmascarados y superados, se despeja el camino hacia el verdadero conocimiento de sí mismo.
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