sábado, 25 de enero de 2014

Recorrìa

El Evangelio relata que «Jesús recorría todas las ciudades y aldeas… Al ver a las muchedumbres, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas "como ovejas que no tienen pastor". Entonces dice a sus discípulos: "La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos; rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies"» (Mt 9,35-38). Estas palabras nos sorprenden, porque  sabemos que primero es necesario arar, sembrar y cultivar para poder luego, a su debido tiempo, cosechar una mies abundante. Jesús, en cambio, afirma que «la mies es abundante».  Evidentemente el campo del cual habla Jesús es la humanidad, somos nosotros.  La acción eficaz que es causa del «mucho fruto» es la gracia de Dios, la comunión con él (. Jn 15,5).  La oración que Jesús pide a la Iglesia se refiere a la petición de incrementar el número de quienes están al servicio de su Reino. San Pablo, que fue uno de estos «colaboradores de Dios», se prodigó incansablemente por la causa del Evangelio y de la Iglesia. Con la conciencia de quien ha experimentado personalmente hasta qué punto es inescrutable la voluntad salvífica de Dios, y que la iniciativa de la gracia es el origen de toda vocación, el Apóstol recuerda a los cristianos de Corinto: «Vosotros sois campo de Dios» (1 Co 3,9).  Primero nace dentro de nuestro corazón el asombro por una mies abundante que sólo Dios puede dar; luego, la gratitud por un amor que siempre nos precede; por último, la adoración por la obra que él ha hecho y que requiere nuestro libre compromiso de actuar con él y por él.
2. Muchas veces hemos rezado con las palabras del salmista: «Él nos hizo y somos suyos, su pueblo y ovejas de su rebaño» (Sal 100,3): «El Señor se escogió a Jacob, a Israel en posesión suya» (Sal 135,4).  Nosotros somos «propiedad» de Dios no en el sentido de la posesión que hace esclavos, sino de un vínculo fuerte que nos une a Dios y entre nosotros, según un pacto de alianza que permanece eternamente «porque su amor es para siempre»
( Sal 136). En el relato de la vocación del profeta Jeremías. Dios recuerda que él vela continuamente sobre cada uno para que se cumpla su Palabra en nosotros. La imagen elegida es la rama de almendro, el primero en florecer, anunciando el renacer de la vida en primavera (  Jr 1,11-12). Todo procede de él y es don suyo: el mundo, la vida, la muerte, el presente, el futuro, pero -asegura el Apóstol¬ «vosotros sois de Cristo y Cristo de Dios» (1 Co 3,23). El modo de pertenecer a Dios: a través de la relación única y personal con Jesús, que nos confirió el Bautismo desde el inicio de nuestro nacimiento a la vida nueva. Es Cristo, quien continuamente nos interpela con su Palabra para que confiemos en él, amándole «con todo el corazón, con todo el entendimiento y con todo el ser» (Mc 12,33). Toda vocación, no obstante la pluralidad de los caminos, requiere siempre un éxodo de sí mismos para centrar la propia existencia en Cristo y en su Evangelio. Tanto en la vida conyugal, como en las formas de consagración religiosa y en la vida sacerdotal, es necesario superar los modos de pensar y de actuar no concordes con la voluntad de Dios. Es un «éxodo que nos conduce a un camino de adoración al Señor y de servicio a él en los hermanos y hermanas Por eso, todos estamos llamados a adorar a Cristo en nuestro corazón ( 1 P 3,15) para dejarnos alcanzar por el impulso de la gracia que anida en la semilla de la Palabra, que debe crecer en nosotros y transformarse en servicio concreto al prójimo. No debemos tener miedo: Dios sigue con pasión y maestría la obra fruto de sus manos en cada etapa de la vida. Jamás nos abandona. Le interesa que se cumpla su proyecto en nosotros, pero quiere conseguirlo con nuestro asentimiento y nuestra colaboración.
 Jesús vive y camina en nuestras realidades de la vida ordinaria para acercarse a todos, comenzando por los últimos, y curarnos de nuestros males y enfermedades. La invitaciòn es escuchar y seguir a Jesús, a dejarnos transformar interiormente por sus palabras que «son espíritu y vida» (Jn 6,63). María, Madre de Jesús y nuestra, nos repite también a nosotros: «Haced lo que él os diga» (Jn 2,5). Nos hará bien participar con confianza en un camino comunitario que sepa despertar en nosotros y en torno a nosotros las mejores energías. La vocación es un fruto que madura en el campo bien cultivado del amor recíproco que se hace servicio mutuo, en el contexto de una auténtica vida eclesial. Ninguna vocación nace por sí misma o vive por sí misma. La vocación surge del corazón de Dios y brota en la tierra buena del pueblo fiel, en la experiencia del amor fraterno. ¿Acaso no dijo Jesús: «En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os amáis unos a otros» (Jn 13,35)?
4. Vivir este «"alto grado" de la vida cristiana ordinaria» (cf. Juan Pablo II, Carta ap. Novo millennio ineunte, 31), significa algunas veces ir a contracorriente, y comporta también encontrarse con obstáculos, fuera y dentro de nosotros. Jesús mismo nos advierte: La buena semilla de la Palabra de Dios a menudo es robada por el Maligno, bloqueada por las tribulaciones, ahogada por preocupaciones y seducciones mundanas ( Mt 13,19-22). Todas estas dificultades podrían desalentarnos, replegándonos por sendas aparentemente más cómodas. Pero la verdadera alegría de los llamados consiste en creer y experimentar que él, el Señor, es fiel, y con él podemos caminar, ser discípulos y testigos del amor de Dios, abrir el corazón a grandes ideales, a cosas grandes. «Los cristianos no hemos sido elegidos por el Señor para pequeñeces. Id siempre más allá, hacia las cosas grandes. Poned en juego vuestra vida por los grandes ideales» (Homilía en la misa para los confirmandos, 28 de abril de 2013). A vosotros obispos, sacerdotes, religiosos, comunidades y familias cristianas orienten la pastoral vocacional en esta dirección, acompañando a los jóvenes por itinerarios de santidad que, al ser personales, «exigen una auténtica pedagogía de la santidad, capaz de adaptarse a los ritmos de cada persona. Esta pedagogía debe integrar las riquezas de la propuesta dirigida a todos con las formas tradicionales de ayuda personal y de grupo, y con las formas más recientes ofrecidas en las asociaciones y en los movimientos reconocidos por la Iglesia» (Juan Pablo II, Carta ap. Novo millennio ineunte, 31).
Dispongamos nuestro corazón a ser «terreno bueno» para escuchar, acoger y vivir la Palabra y dar así fruto. Cuanto más nos unamos a Jesús con la oración, la Sagrada Escritura, la Eucaristía, los Sacramentos celebrados y vividos en la Iglesia, con la fraternidad vivida, tanto más crecerá en nosotros la alegría de colaborar con Dios al servicio del Reino de misericordia y de verdad, de justicia y de paz. Y la cosecha será abundante y en la medida de la gracia que sabremos acoger con docilidad en nosotros.
"Porque Dios ha quebrantado la vara opresora, porque Dios ha roto el bastón del enemigo, se acabó la opresión, porque somos libres" Isaías 9,4. Y esta alegría y este gozo los compara Isaías con esta cosecha que se recoge.
Lo compara también con una luz abundante, que llega precisamente a la tierra de la sombras, una luz que derrota las tinieblas, una luz que vence precisamente allá en medio de la negrura de la noche, esta poesía de Isaías, este lenguaje elocuente, san Mateo lo aplica a la obra de Nuestro Señor Jesucristo.
Jesús llega a nuestras vidas a quebrar todo lo que sea opresión en nosotros, a traer una libertad incontenible, a traer un júbilo que sólo tiene comparación en el júbilo de la victoria o en júbilo de la cosecha.
Son las obras de Cristo tales, que la persona que las recibe siente que se inunda de luz, siente que era como sombras de muerte, pero que se inunda de luz, se llena de luz.
 "Se retiró Jesús a Galilea se estableció en Cafarnaúm junto en el lago y empezó a llenarlo todo de luz" San Mateo 4,16. ¡Qué felicidad para Cafarnaúm!
 Jesús siempre había sido un itinerante, yo había pensado mucho tiempo que Jesús desde que salió de la casa de la mamá, de ahí en adelante ya nunca paraba, y eso no es cierto, Jesús tuvo casa y tuvo casa por un buen tiempo, algunos dicen que fue algo más de un año.
Jesús se estableció, En Cafarnaúm, Cafarnaúm queda al norte de Palestina, en la región de Galilea que era la región más lastimada, más empobrecida en la fe, tanto, que se la llamaba así “La Galilea de los gentiles”, como diciendo, "eso ya es prácticamente pagano, eso ya se perdió la fe allá".
Jesucristo, predica el cumplimiento de las promesas al pueblo judío.  Cafarnaúm no supo aprovechar , ni supo valorarlo ni supo gozarse.
Nosotros le podemos abrir una casa a Jesucristo, le podemos decir: “Ya que aprendí que tú no eres solamente un itinerante, sino más bien tú eres un peregrino”. El itinerante es como el nómada no tiene casa, su destino es andar y andar, el peregrino es el que anda buscando casa, Jesús buscó casa en Cafarnaúm, Jesús busca también casa en nosotros.
Digámosle nosotros eso, digámosle: “Jesús, quiero que hagas casa en mí, yo trataré de valorar, con tu ayuda, con tu Espíritu, yo quiero valorar tus obras; pero quiero experimentar esto, quiero llenarme de este júbilo, quiero sentir lo que es la libertad de toda opresión.”
Las opresiones del pecado, las opresiones de los complejos, de los resentimientos, de las envidias, de las frustraciones, Una persona cero complejos.
 Cristo ha traído a mi vida, una persona  estalla de júbilo, estalla de alegría, tiene eso que encontramos en la vida de los santos, uno lee que Santo Domingo andaba siempre con el rostro alborozado.

Mire, Jesús empezó a predicar cuando Juan Bautista fue encarcelado, o sea que el dolor de Juan Bautista está antes de Cristo y el dolor de la Cruz está al frente de Cristo, Cristo tiene dos dolores, uno atrás y otro adelante, pero eso no quita que el Evangelio sea Evangelio.
Esa es la vida para la que hemos sido llamados, una vida en victoria, en gozo, en júbilo, "una vida abundante" San Juan 10,10, como dijo Jesús en el evangelio de Juan.

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