lunes, 3 de marzo de 2014

2 Cor,6,2

La Cuaresma es ese tiempo bendito para reconocer que tenemos problemas graves de egoísmo, para reconocer que tenemos pecados graves de omisión. Muchos de nosotros quizá no hacemos mucho mal, pero hay otra tragedia: tampoco hacemos mucho bien. Y Dios nos trajo a esta tierra no solamente para que evitáramos el mal, sino sobre todo para que hiciéramos el bien.
Por eso yo quiero invitar a todos a que vivamos esta Cuaresma como un acto de profunda verdad, como de intensa verdad ante Dios de lo que nosotros somos.
El que primero reconozca eso que es, ése podrá recibir también primero el auxilio del Señor, el poder de su gracia, la gracia de su amor, el amor de su misericordia; y ése, transformado por ese amor y por ese poder, también dará testimonio de que "el Señor ha sido grande con nosotros, y estamos alegres" Salmo 125,3.
"Dios haría brotar para nosotros agua para limpiarnos", que "Él nos lavaría de nuestros delitos" Ezequiel 36,25.
No es tan malo presentar el mugre, que es para que lo limpien. No es tan malo presentar una herida, si es para que la sanen. No es tan grave presentar los huesos en la muerte de eso que no hemos podido ser, si es para que la luz de Cristo, el amor de Cristo y la fuerza de Cristo hagan también ahí una resurrección.
Por eso digo que en este día, no es que se haya muerto la alegría, sino que en este día la alegría tiene que entrarse al corazón, y tiene que callarse, tiene que aprender a hacer silencio mientras aprende de qué debe alegrarse.
El Papa Juan Pablo Segundo ha dicho varias veces, que si el mundo pierde el sentido del pecado, pierde también el sentido del amor de Dios y de la gracia de Dios.
La manifestación máxima del amor de Dios, es su gracia. Hay que descubrir el poder de la gracia de Dios,
De la misma forma que Cristo en el sepulcro sumergió, enterró el odio y la muerte, así también nosotros empezamos la Cuaresma enterrando lo que tiene que morir, de manera que Dios encuentre espacio amplio para todo lo que Él quiere que tenga vida en nosotros.
Por eso hacemos ayuno, por eso hacemos oración, por eso damos limosna. Estas son las tres palabras, que desde hace muchos siglos acompañan la Cuaresma: oración, ayuno y limosna. Con esas tres palabras nosotros nos vamos guiando y entramos en el desierto junto con Jesucristo, que fue el que dio comienzo a la Cuaresma.
Cristo, después de ser bautizado en el Jordán, se fue al desierto, y durante cuarenta días y cuarenta noches en la soledad, el ayuno y la oración, se preparó para la misión maravillosa, que luego le vemos desplegar en el Evangelio.
Así también nosotros entramos como en un desierto estos cuarenta días, que nos preparan para la Pascua de Cristo. Entramos al desierto con Jesucristo, hacemos más silencio. ¿Por qué? Porque queremos escuchar mejor la Palabra. Hacemos ayuno. ¿Por qué? Porque queremos que nuestro paladar tenga hambre insaciable del Pan de los Cielos. Hacemos oración. ¿Por qué? Porque reconocemos que no lo podemos todo, que somos necesitados, que necesitamos misericordia, que necesitamos ayuda.
Este es un tiempo, un tiempo bellísimo, en el cual las palabras de San Pablo nos animan: "En tiempo favorable te escuché, en día de salvación vine en tu ayuda; mirad, ahora es tiempo favorable, ahora es día de salvación" 2 Corintios 6,2.
Para ser verdaderamente feliz, para encontrar verdaderamente el camino, hay que partir de la realidad de esta tierra; y la realidad de esta tierra es que hay mucho barro, hay mucha ceniza, hay mucho mugre, hay mucha noche, hay mucho dolor.

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