La Misión de la Evangelización, comenzó con Jesús mismo, y el cumplimiento de ésta fue su razón de ser en cuanto Cristo. Conforme a sus divinas palabras, lo mismo que él había sido enviado por el Padre, envía a sus discípulos y a toda la Iglesia, comprometiéndoles en el movimiento mismo de esa misión, para que continúe el ofrecimiento de la Buena Nueva en el corazón de los hombres y de cara a la edificación progresiva del Reino de Dios.
La intención del evangelismo es dar a conocer la salvación por medio del sacrificio de Jesús para todas las personas ; otros creen que es informar acerca de la pronta venida del Reino de Dios. El evangelismo es llevado a cabo por la obediencia de la Gran Comisión, un mandato de Jesús a sus discípulos a "ir y hacer discípulos a todas las naciones" como aparece en el Nuevo Testamento:
" Jesús se acercó y les habló diciendo: Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra. Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado; y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Amén."
Mateo 28:18-20. (Versión Reina Valera 1960).
Aunque esta misión concierna, a toda la Iglesia y a cada uno de sus miembros, el Señor escogió a algunos para que fueran evangelizadores enteramente dedicados a esta misión y a título permanente. La vida misma de esos enviados estará marcada con esta misión hasta el punto de que no podrán realizarla más que a expensas de sí mismos y sacrificando su vida terrestre hasta la muerte.
La Evangelización en las Escrituras es en primer lugar, el anuncio del kerigma: "es la buena noticia de que Jesús vive, que ha resucitado". Había muerto, pero ha vencido a la muerte. Jesús es el único hombre que, a lo largo de la historia, ha conseguido él mismo, realizar esta hazaña. "Lo hemos visto", dicen las mujeres (Lc 24,7-10), Pedro, los
doce y hasta 500 personas de una vez. El último en constatarlo fue Pablo ( lCor 15,3-8). En el capítulo 28,16-20 de San Mateo, nos encontramos con el llamado testamento misionero de Jesús: "A mi se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra -dice Jesús a sus discípulos- Id pues, a las gentes de todas las naciones y hacedlas mis discípulos, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo y enseñadles a poner en práctica lo que yo he dicho. Y tened por cierto que yo estaré con vosotros todos los días hasta el final del mundo".
Con el anuncio del kerigma los apóstoles perseguían el objetivo de ofrecer la salvación, realizada por Jesús, alcanzada mediante la fe y la conversión, confirmada por el don del
Espíritu Santo y vivida en
El evangelizador es vínculo del amor de Dios, acompañando al evangelizado para llegar a la presencia de Dios, para que el mismo le declare: "Tú eres mi hijo amado en quien yo tengo todas mis complacencias" (Mt 3,17). Así el evangelizado podrá confesar que Jesucristo es en verdad el centro del designio amoroso de Dios, diciendo: " Bendito sea Dios, Padre de Nuestro Señor Jesucristo que nos ha bendecido con toda clase de bienes ... para que seamos santos e inmaculados en su presencia en el amor, eligiéndonos de antemano para ser sus hijos adoptivos por medio de Jesucristo"( Ef. l,3-5).
imos delLa llamada a convivir fraternalmente −quienes aquí estamos y quienes han llegado− se encuentra viva y latente en nuestra común condición de hijos de Dios Padre, que es creador; de hermanos en Dios Hijo, que es redentor; de hijos y hermanos por la acción del Espíritu Santo, que es amor. Vivir sinceramente nuestra dignidad filial de Dios, supone la firme voluntad de reconocerla eficazmente en nuestros hermanos, los emigrantes, compartiendo con ellos el afecto fraterno que nos une y que nos permitirá hablar con verdad de la común igualdad y de la común libertad de los hijos de Dios. La promoción humana integral y la convivencia fraterna posibilita y se consolida justamente en ese marco de la comunión espiritual en la que la plena dignidad humana es percibida y reconocida como inseparable de la experiencia compartida de ser hijos de Dios.
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