lunes, 17 de marzo de 2014

Levìtico 20,26.

El libro Levítico nos dice: "Pedí santos porque yo, el Señor, os elegí para que fuerais míos" Levítico 20,26.
Nos eligió para que fuésemos suyos, somos heredad suya, posesión suya. Y Él hace sus cosas y transforma sus cosas hasta hacerlas semejantes a Él.
Cuando Dios se viene a vivir al corazón de una persona pero no por una noche, sino por un tiempo, Dios empieza también a organizarlo, a decorarlo según la nueva manera de ser, y empieza a quitar cosas y a poner otras, y traslada algunas, y hace algún aseo, y le cambie de color; abre una ventana, pone una cortina, una nueva luz, un nuevo aire.
La santidad de nosotros es el resultado de ser habitados por la santidad de Dios. Cuando Él nos habita nos hace semejantes a Él y nosotros vamos tomando el estilo de Él.
Empezamos a hablar más a su manera que a la que nosotros creíamos nuestra, porque hasta ahora hemos llamado nuestro lo que es quizás, desde todo punto, de capricho, fruto de la moda, fruto de lo que se acostumbra o simple fruto de oponernos a otras personas, por no darle el gusto a ellas.
Dios, en cambio, hace que nosotros alcancemos nuestra verdadera belleza, nuestro verdadero ser; y cuando el corazón va siendo transformado por ese Huésped Divino, que es el Espíritu Santo, entonces resulta semejante a Dios, y ese es un santo, y como ese santo tiene el corazón de Dios, obra con las otras personas como obraría Dios con ellas, y eso es lo que nos ha contado el Evangelio.
Vamos a darle permiso en esta Eucaristía, vamos a darle permiso a Dios de que cambie la decoración, de que organice, pinte, limpie y cambie, y que nos haga semejantes Él.
 Lo único que se necesita es que Él esté algo más que una noche, algo más que un día; hay que dejarlo vivir días y días. Ninguna casa se decora en un instante, ninguna vida cambia así, simplemente, en un momento.
Dejemos que pasen unos días con Dios adentro, y veremos lo que es la luz y veremos lo que es amor
. Como el pastor separa a las ovejas de las cabras" San Mateo 25,32. Y el criterio para determinar quién es que, están estas obras, es decir, en reconocer a Jesucristo.
El que sirve a Jesucristo, ése tiene a Jesucristo por Señor; el que no sirve a Jesucristo, aunque lo diga de palabra, no tiene a Cristo como Señor.
 El rey reconoce a los suyos: "Estos son los de mi reino"; "estos son aquellos de los que yo soy Señor, y por consiguiente, esos otros tienen que irse".
Reconocer a Cristo como Señor en esta tierra, para que Él nos reconozca como siervos suyos después de esta tierra; y así como los señores de esta tierra piden ser servidos, así también Cristo pide ser servido.
La manera de servirle a Él está en estas obras que Jesús describe de acuerdo con la costumbre y la piedad judías: dar de comer, dar de beber, hospedar al forastero, vestir al desnudo, visitar al enfermo y al encarcelado.
Lo que tienen de común estas obras de misericordia es que socorren a la vida cuando está en peligro. Esto se nota sobre todo en el caso del extranjero o del desnudo. Hay que actualizar de alguna manera esas obras.
El mandato entonces de todas estas obras es: socorre a la vida en peligro; no dejes apagarse la vida; conviértete en ministro de la vida en peligro.
Cristo queda descrito en aquellas palabras del Profeta, se dice: "La caña cascada no la quebrará; el pabilo vacilante no lo apagará" Isaías 42,3; al contrario, hay un dicho relativamente popular que dice: "Para estar colgando, mejor me caigo".
El mandamiento aquí es al contrario: si una persona te parece débil, si te parece poco interesante, si es como una caña ya cascada, pues entonces merece tu atención; socorre la vida débil. Porque si tú atiendes la vida débil, la vida frágil, podrás entender por qué Dios a tiende tu vida que es débil y que es frágil.
El que ve todos los días cómo Dios socorre a los más necesitados, aprende a confiar, que cuando esté en necesidad, Dios lo socorrerá; el que está viendo con sus propios ojos cómo la vida frágil recibe una mano, mi mano precisamente, el que todos los días ve cómo la vida frágil recibe una mano, cuando se sienta frágil también podrá creer en una mano que se le tiende.

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