La Iglesia es misionera por voluntad de Jesús, su fundador, y por tanto no es una novedad que el Papa diga hoy: «Said e id a llevar el Evangelio a toda la humanidad, a las periferias existenciales». Que el Papa indique esto, más que como un deber, como la esencia del cristiano: el cristiano, porque es cristiano, actúa así. Lo hace con su vida. Subraya que la «misionaridad» de la Iglesia no es sólo propia de unos pocos, sino de todo el pueblo cristiano. De ese pueblo de Dios que está llamado a abrir cada vez más sus fronteras y a abrazar cada vez más a todos los seres humanos por los que Jesús murió y resucitó. Esto me trae a la mente los movimientos, a propósito de los carismas. El Papa habla de los carismas como grandes dones que el Espíritu hace a la Iglesia, y lo son si están al servicio de la comunión eclesial. Él reconoce el don y exhorta a cada uno a vivir de su don, es decir, a ser testigo del don que ha recibido y que debe servir a la comunión entre todos. Si uno tiene de verdad un carisma, no tiene motivos para temer los carismas de los demás; solo tiene motivos para alabar a Dios.
Recuerda las palabras de Chiara Lubich cuando decía: «Yo he sido creada como un don para quien está a mi lado, y quien está a mi lado ha sido creado como un don para mí». El Espíritu Santo ha dado un don especial que es el carisma de la unidad; el mismo Espíritu Santo ha hecho a cada movimiento otro don específico; ese se le ha dado a aquel Movimiento para mí, así como el mío se me ha dado para el otro movimiento. Esto nos pone en la actitud justa de lo que debemos hacer los movimientos en la Iglesia: estar al servicio de la fraternidad universal, al servicio de la Iglesia comunión que Jesús quiere, y que contiene a todos. No sólo a los que responden a la llamada de Jesús, sino también a los demás, hacia los cuales el Papa tiene una actitud de confianza y de respeto. Hablando del diálogo interreligioso, dice abiertamente que también las formas de oración, de comunión o de relación con lo trascendente que se dan en religiones distintas a la cristiana, pueden ayudarnos a vivir mejor nuestras formas. Es apertura que permite reconocer el bien presente en los demás. No sólo en los cristianos, sino también en los hombres de buena voluntad que se esfuerzan junto con nosotros por el bien común, por proteger la creación, la vida, las libertades, todos los valores que reconocemos juntos.
La Iglesia debe ser siempre reformada, luego también sus estructuras, también el papado. Me parece que este papa es a la vez prudente en su actitud reformadora. La reforma no es una revolución ni un lavado de cara, es un cambio dentro de la continuidad. En lo que el papa Francisco está haciendo se puede captar la dirección de esta reforma. El hecho de haberse rodeado de un consejo de cardenales que no están en Roma, sino que viven en los cinco continentes y que vienen a exponerle sus pensamientos. Esto es algo nuevo. No es que Benedicto XVI no tuviese deseos de reforma, pero recibía consejo de los que tenía cerca, no de quienes proceden de otras partes del mundo. Podía pedir consejo también a los demás, pero de esta forma se ofrece efectivamente mayor atención a las peticiones que vienen de las periferias, del pueblo de Dios, de quienes sufren en los puntos más dispares de la tierra por injusticias, persecuciones, situaciones difíciles. Hay una exigencia de escuchar, de entender cuáles son las necesidades a las que la Iglesia debe responder allí. Y al mismo tiempo, la certeza de que la Iglesia responde siempre de la misma manera, con la Palabra de Dios predicada, vivida, testimoniada.
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