jueves, 8 de mayo de 2014

San Juan 14,6


Bienaventurados aquel que tenga hambre de Jesucristo, bienaventurado aquel que sienta necesidad de Jesucristo, bienaventurado aquel que tenga sed de Jesucristo, ganas de descansar en Cristo, deseo de ser tocado, sanado y bendecido por Cristo.
Bienaventurado el que tenga apetito de Cristo, bienaventurado por tres razones: porque hacia Cristo sólo nos mueve el Padre Celestial, según explicó el mismo Cristo: “Nadie viene a mí si el Padre no lo atrae” San Juan 14,6. En segundo lugar, porque el hambre de Cristo es un don del Espíritu Santo, sentir hambre de Jesús es tener en nosotros la presencia del Espíritu, que como dice San Pablo, “gime, tiene gemidos inefables” Carta a los Romanos 8,26, pidiendo, reclamando el alimento.
Tenemos que llegar a Jesús: como queriendo tomar, como queriendo beber toda esa riqueza que Él tiene; es el Espíritu Santo el que nos da esos gemidos inefables.

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