sábado, 27 de agosto de 2016

Gloria

"La gloria del Señor llenó el templo, y una palabra impresionante se dejó oír: "Éste es el sitio de mi trono, el sitio de las plantas de mis pies, donde voy a residir para siempre en medio de los hijos de Israel" Ezequiel 43,7. Estas palabras de Ezequiel deben tener un sentido más profundo, un sentido diferente que resulte compatible con el verdadero Templo, que es el Cuerpo de Cristo, en donde habita verdaderamente la gloria de Dios. El Evangelista Juan, cuando aquellas palabras de Cristo: "Destruid este templo" San Juan 2,19, en esa ocasión el Evangelista Juan dice: "Estaba hablando del Templo de su propio Cuerpo" San Juan 2,21. Hemos sido convocados, a una vida gloriosa, a que nuestra vida sea templo y a que nuestras obras sean tales, que quien nos conozca pueda saber algo de Dios, y quien nos ame pueda elevarse hacia el amor divino. Que la humilde gloria de este alimento acompañe nuestros pasos en esta tierra, y nos conduzca un día a la contemplación del Cielo. De manera que debemos interpretar estas palabras dentro de su contexto, y ver que toda esa economía, toda esa distribución de gracia, de amor y de providencia que tenía que ver con el templo, todo eso pasó al Cuerpo de Jesucristo, que es el verdadero Templo en donde reside la gloria de Dios. Esa es una manera de interpretar esto. Ezequiel las refiere al Templo de Jerusalén. Pero nosotros podemos también entenderlas desde este otro modo: allí donde verdaderamente reside Dios, allí donde habita Dios, allí es donde está su gloria. Cuando Dios habita dentro de nosotros, entonces el esplendor de la gloria de Dios, que no es otra cosa sino la manifestación de esa presencia. Una invitación a llevar una vida digna de la gloria de Dios; llevar una vida, podríamos decir, una vida gloriosa, no por una especie de esfuerzo imitativo nuestro, sino por una lógica consecuencia de la presencia de Dios en nosotros. Recordando lo que nos dice San Pablo, que "nosotros somos templo del Espíritu" 1 Corintios 3,16, nos invite a llevar una vida gloriosa. De ella nos habló Cristo. Dijo que, "fueran tales nuestras obras, que, la gente al verlas, diera gloria a Dios" San Mateo 5,16. Esa es una vida gloriosa, una vida impregnada de la gloria de Dios. Deseo continuo de que Dios sea conocido y de que Dios sea amado. No es tanto el deseo de que no me conozcan a mí, sino el deseo de que sí conozca Dios; no es tanto el deseo de que no me amen a mí, sino el deseo de que amen a Dios. Este deseo de que amen a Dios, de alguna manera me lleva a mí mismo a desaparecer, y es lo que nos dice Cristo: "El que se humilla será enaltecido" San Juan 18,14, y también advierte: "El que se enaltece será humillado" San Juan 18,14. Hemos sido convocados, pues, a una vida gloriosa, a que nuestra vida sea templo y a que nuestras obras sean tales, que quien nos conozca pueda saber algo de Dios, y quien nos ame pueda elevarse hacia el amor divino. Recibiendo nosotros el Alimento Eucarístico, somos habitados por Dios. Que la humilde gloria de ese alimento, acompañe nuestros pasos en este tierra, y nos conduzca un día a la contemplación del Cielo.

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