viernes, 26 de agosto de 2016

Santos

Los Santos son para nosotros motivo de gran esperanza y de gran alegría porque son como demostraciones vivas de que le Evangelio es posible, y en medio de las dificultades, en medio de las crisis, las caídas, también en los momentos alegres y esperanzadores que tiene nuestra vida, mirar hacia los santos es recobrar aliento, porque en ellos encontramos también desengaños, encontramos tentaciones, encontramos que son profundamente humanos y que los rodeo los mismo que nos rodea a nosotros.En esta humanidad doliente, precisamente los obstáculos sirven para mostrar cómo Dios está por encima de todos, Dios es el Señor de todos. Sabemos que el que llegó a ser cura en Ars, fue primero estudiante con graves dificultades, graves dificultades de orden intelectual, parece que sobre todo por la lengua en la que se estudiaba hasta no hace mucho toda la Teología y la formación sacerdotal, es decir, el latín. Tuvo dificultades intelectuales con todo lo que esto conlleva, con el desprecio y con la marginación, con ese sentimiento de humillación que da el no poder responder de la mejor manera a las tareas encomendadas. Ciertamente no fue falta de diligencia dé él, sino que su inteligencia, que indudablemente la tenía, pues no era particularmente fácil para los idiomas o para lo que llamaríamos el pensamiento lógico. Con un poco más de psicología diríamos que el cura de Ars tenía inteligencia intuitiva, una inteligencia holística,es decir, una facilidad de comprensión del todo y de lo que hay en los corazones y de lo que hay en los ambientes y de qué es lo mejor que se puede hacer. El cura de Ars fue enviado a este poblado, Ars, que era el lugar de la diócesis a donde nadie quería ir. Percibamos, por favor, en su crudeza lo que significa vivir esto. Allí había motivaciones humanas. Realmente el responsable, pienso yo, el obispo, no conozco detalles de la biografía, el responsable de la asignación a este cargo no quería arriesgar un lugar importante, sino que tomó un lugar donde casi no había nada que perder porque casi todo estaba perdido; era un lugar conocido por su escaso culto, por su frialdad de témpano, por sus pésimas costumbres sobre todo en términos de alcohol y de prostitución, un lugar pobre y feo. El cura de Ars, Juan María, tuvo que darse cuenta de por qué lo habían asignado allá y tenía dos alternativas: una era haberse quedado revolviendo con amargura en su corazón que le hubieran destinado un sitio tan difícil, esto es quedarse mirando sólo las motivaciones humanas; o hubiera podido hacer, y esto fue lo que le inspiró el Espíritu Santo, fue lo que a la postre lo condujo hacia la santidad, o pudo haber visto, y vio de hecho en esto una señal de la misericordia de Dios, una señal de la providencia de Dios. Si este sacerdote joven, bueno, relativamente joven, si Juan María, ya ordenado cuando fue asignado a Ars, se hubiera quedado revolviendo la amargura de su alma, discutiendo con el obispo, protestando, revelándose, probablemente hubiera logrado su propósito, le hubieran dado una parroquia más prestante, con mejores recursos económicos, con una situación eclesial menos grave, él hubiera logrado su propósito, pero con toda seguridad la Iglesia se hubiera perdido este santo. Aunque hoy celebramos no sólo como santo y como sacerdote, sino como Patrono de los párrocos. Figura, pues, propuesta por los Papas como modelo de celo pastoral, como dice la oración del comienzo de la Santa Misa. De manera que ahí hay una enseñanza para nosotros. Ese saber percibir. No se trata de ser tontos ni de ser ingenuos. Uno muchas veces se da cuenta de las cosas, -estamos entre humanos-, uno se da cuenta de los problemas, se da cuenta de las limitaciones. ¿Quién puede decir, por favor, que tiene un corazón imparcial, completamente justo? Probablemente no hay superior, no hay provincial, no hay maestro, no hay obispo que pueda tener este corazón, y si uno va a esperar a que aparezca un superior así, perfecto, para irle a hacer caso, nunca va a hacer caso y lo grave es que vamos a privar a la Iglesia de nuevos santos. Un último ejemplo que creo que podemos rescatar de esta figura tan simpática, yo creo que se puede sacar de una frase de San Juan de la Cruz que dice que: "El alma enamorada que busca a Jesucristo, cuando entra en la espesura, llega un momento en el que sólo la sed alumbra". Me decía el Padre Campo Elías Claro, que de Dios goce, que para él esa era la metáfora más forzada de toda la lengua castellana: La sed que alumbra. Pero es forzada porque implica describir una realidad que, quien la ha vivido, la conoce; como diría San Juan de la Cruz, sólo la sed alumbra. Es decir, en esa noche de la fe donde muchas veces no se encuentra camino, donde muchas veces lo único que hay son las motivaciones humanas, las debilidades de uno, los problemas, las crisis; sólo el que tenga sed de Dios, increíble sed de Dios, sólo ese podrá ir viendo camino, nos enseña San Juan de la Cruz. Y si nosotros repasamos la biografía de Juan Maria Vianney, nos encontramos que esa situación casi desesperada de esa pobre parroquia en Ars, este cura lo que hizo fue dejarse alumbrar por la sed, dejarse alumbrar por el hambre de Dios, el hambre de la gloria de Dios, o como diría nuestra hermana Santa Catalina de Siena, por el "alma de las almas". Muchas veces uno cree que si no tiene todos lo métodos a mano, todos los recursos a punto y en su momento, si no tiene, pues, todos los instrumentos de trabajo, usted no puede hacer nada. Juan María Vianney fue puesto por Dios y por su obispo, en una situación en la que no tenía prácticamente nada, donde no tenía prácticamente cómo trabajar. Pero en esa oscuridad, en esa espesura, como siguiendo el consejo de Juan de la Cruz, se dejó alumbrar por la sed. No nos quejemos de los medios que nos hacen falta, bendigamos al Señor por los medios que tenemos, y esto yo creo que se puede aplicar a muchas cosas. Yo mismo, mientras digo esto, voy haciendo como un examen de conciencia de todas las tonterías que uno dice muchas veces. Cuánto tiempo perdimos criticando a la Iglesia, criticando a la provincia, que este Padre, que la falta de padres, que la abundancia de padre, que el mal testimonio de los padres, que lo que pasa, que lo que no pasa. Si este tiempo lo utilizáramos en ahondar en el amor a Dios y ahondar en el amor, pero un amor apasionado por la salvación de las almas, como nos lo enseño Santo Domingo, con un amor así, seguro que encontramos caminos. La sed nos va alumbrar, y también nosotros le entregaremos a Jesucristo, unidos a la Eucaristía, pues, un precioso rebaño lleno de la gracia, lleno del Espíritu Santo. Amigos, mientras nos alimentamos de este Cuerpo y de esta Sangre de Nuestro Señor Jesucristo, pidamos que nuestra vida quede completamente en manos de la Providencia, y que el amor y la sed nos alumbren.

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