viernes, 5 de agosto de 2016
Señales
Es Dios el que da señales.Si ustedes acogemos esas señales", la mayor de las cuales es el mismo Cristo, "llegamos a la fe y a la salvación".
Sin embargo, hay una señal que Dios da a todos. Esa señal no es otra sino la muerte y la Resurrección de Jesucristo, a la cual alude precisamente Nuestro Señor, con la imagen aquella de Jonás.
Dice Cristo, que esa es una señal que Él va a dar: "A esta generación perversa y adúltera, no se le dará más señal que la del Profeta Jonás" San Mateo 12,39.
Es decir, que en medio de todos los hombres de todas las culturas y de todas las religiones, hay una señal que se levanta, la señal de la Cruz, la señal de la muerte, la señal de la Pascua.
Lo hemos descubierto a través del Sacrificio Pascual. No empezó a ser en la Cruz, pero nosotros sólo lo descubrimos a través del sacrificio de la Cruz y la Eucaristía.
Jesucristo se levanta como único, el Único, el único del que se dice que murió y resucitó, el único del que se dice que es Dios y Hombre, el único del que se dice que alimenta con su propio Cuerpo y con su propia Sangre a su pueblo. De nadie más se asegura eso.
Esa absoluta unicidad de Jesucristo, se levanta en medio de la humanidad y es una señal para que todos la vean, para que todos la reconozcan. Jesucristo es señal absoluta, única, de algo que no ha acontecido, que no acontece y que no va a acontecer en ninguna otra parte.
Dios es libre en dar sus señales, y las da como quiere, donde quiere y cuando quiere. Pretender obligarlo, es entrar en los terrenos pavorosos, los terrenos resbaladizos, los terrenos diabólicos de la magia.
Las señales son las señales que Dios me dé, y la gran señal es Jesucristo. Esa señal es única, incluso comparada con cualquier otra religión. Porque sólo de Cristo se predica esa muerte, esa Resurrección, la verdad de su divinidad y su presencia eucarística.
Dios, en su amor, nos confirme en esta fe, y con ese gozo sepamos lo que tenemos para anunciarle al mundo. Revistámonos de este gozo, revistámonos de esta verdad, y salgamos con esa certeza a contar y a cantar lo que Dios nos ha concedido creer. Porque éso, éso que creemos, es realmente único
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