martes, 25 de octubre de 2016

Dejò


El cristianismo al que hemos sido llamados, desde que le dijimos a Cristo que queríamos seguirlo, es una configuración entera y total con Él, nuestro modelo, nuestra vida...    Configuración total, por tanto sin excluir las cumbres de su vida de amor y donación que se manifiestan sobre todo en su Pasión dolorosa.  Y todo esto, por mí... por mí, para elevarme a mí a la altura de su amor.
En esta meditación vamos a conocer cuál es el amor que Jesús nos ha tenido; tanto amó Dios al mundo que nos dio a su Hijo Unigénito y no sólo nos lo dio, sino que el Hijo Unigénito por nosotros fue dando todo cuanto podía dar, fue dándolo en la forma del mayor desprendimiento, y tomó sobre sí cuanto podía hacerlo sufrir, y todo por amor. Hagamos un sencillo recorrido de lo que Jesús dejó por nosotros.  Todo lo que puede constituir el bienestar humano lo sacrificó Jesús .  Nació sacrificándolo todo, porque para nacer fue a buscar un humilde establo, lo más miserable que parecía existir sobre la tierra; luego fue prófugo en un país extraño, para darnos ejemplo de ese abandono de todo lo humano y descansar tranquilo en la confianza amorosa del Padre de los cielos...  Vuelve a Nazareth y tiene un humilde pasar.  Pero aún eso quiere dejarlo, porque aún hay algo mas que ofrecer.
Pobre había sido siempre el vestido de Cristo.  Su túnica mojada en su propia sangre... pero ¡es su túnica!  Y la ha de dejar para vestir el vestido de los locos, ser el hazme reír de todos...  Se le despoja de todo: sus vestidos son distribuidos entre sus verdugos y sobre su túnica echaron suertes.  Y el Rey del cielo, el que ha creado los astros, el sol y el follaje de las plantas, que viste a las aves del cielo y a los lirios del campo, por amor al hombre, por amor a mi, para enseñarme la sublime lección de sabiduría, el saber dejarlo todo cuanto está de por medio la voluntad de su Padre de los cielos, muere desnudo.  Nada ha querido retener, ni siquiera un paño que cubra su cuerpo...  ¿Y yo?  Mi vestido...

Durante sus años de predicación comía lo que le daban.  Ahora pide algo que apacigüe su sed, y le dan hiel y vinagre ¡Cuánto ha dejado Jesús! Señor, Señor, ¡qué vergüenza me da mi falta de mortificación llevada al extremo!  Estoy atado por tantas consideraciones cuando se trata de la gloria de Dios.

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