Jesús
está tratando de que nosotros descubramos a Dios donde pensaríamos que no está.
Está obligándonos a mirar lo que nosotros desechamos; está queriendo que
nuestros ojos se fijen, y se fijen con atención y con amor, allí donde pensamos
que no hay nada qué aprender y que simplemente se puede retirar la mirada.
Esta
enseñanza la podemos aplicar a muchas
cosas en nuestra vida. Por ejemplo, a las personas que nosotros despreciamos en
nuestra propia sociedad. ¿No hay nada que podamos aprender de ellos? O las
personas que son menos apreciadas o respetadas en el mundo que conocemos.
Jesucristo,
nos da una lecciòn de tantas maneras, si miramos a nuestra propia vida. También
dentro de nosotros, también en nuestra existencia, hay cosas de nosotros mismos
que nosotros despreciamos.
A
través de esas cosas que no nos gustan de nosotros, es como llegamos a
reconocer el paso de Dios, como llegamos a reconocer el amor de Dios, como
llegamos a reconocer la gracia de Dios.
San
Pablo estaba aburrido con una cierta dificultad, tentación o problema que
tenia. Un aguijón clavado en su carne"2 Corintios 12,7, lo
llamaba él, y estaba cansado con ese aguijón y le suplicó a Dios que se lo
quitara.
Estaba
fastidiado con esa tentación o con ese problema, con eso que él llamaba
"aguijón" 2 Corintios 12,7, y
quería que Dios le quitara eso, pero la respuesta de Dios fue una declaración
sobre la gracia: “Te basta mi gracia” 2 Corintios 12,9.
Como
si le dijera, "Mira, es que a través de eso que es lo más miserable dentro
de ti, eso que es lo más terrible dentro de ti, lo que te horroriza, lo que te
escandaliza, lo que te fastidia, lo que te deprime, lo que te vence, a través
de eso estoy mostrando quién soy yo para ti".
Esta
es como una ley general dentro de la gracia. Parece que Dios se goza en
conectarse con la historia de los humanos a través de los más pequeños, de lo
débil, de lo desechado, ya se trate en el caso de cada uno de nosotros, ya se
trate en el caso de la sociedad.
El samaritano, y este samaritano hace lo que
no hacen lo que predican mucho sobre Dios. Un sacerdote pasó por el mismo
camino y no hizo nada; un levita pasó por el mismo camino y no hizo nada.
De
pronto recordamos aquella vieja canción de fuerte contenido social, esa que
dice: “Con vosotros está y no le conocéis. Su nombre es el Señor y pasa hambre,
y clama por la boca del hambriento, muchos que lo ven pasan de largo, seguro
por llegar temprano al templo”. Bueno, es un modo un poco agrio de presentar
las cosas.
No
deberíamos oponer la piedad que se dirige sustancialmente hacia Dios, y la
piedad que se dirige sustancialmente hacia el hermano. Es decir, no deberíamos
de oponer el ser una persona piadosa, en el sentido de ser una persona de
oración, y el de ser una persona que se apiada, en el sentido de ser una
persona de misericordia.
Pero,
si la canción presenta esa especie de ironía: “No atiende al hambriento porque
va temprano al templo”, pues, en cierto modo, tiene derecho a hacerlo, porque
Jesús como que inicia la ironía. Nos habla de un sacerdote y luego nos habla de
un levita, que es hablar por lo menos de los de de la misma tribu, hablar por
lo menos del mismo tipo de personas.
Es
decir, que como una segunda enseñanza, es claro que Nuestro Señor quiere
enfatizar el peligro que hay en aquella persona que tiene siempre una teoría, y
esto viene sobre todo para nosotros los catequistas, misioneros, predicadores,
sacerdotes.
Nosotros
tenemos mucho la teoría en nosotros. Y si vamos a ver cuál es el reproche más
común, más profundo y en cierto modo más doloroso que el pueblo de Dios tiene
contra sus pastores, se resume en su conocido refrán: “El cura predica, pero no
aplica”.
Jesús,
no con un refrán, sino con esta parábola que queda grabada para siempre en la
mente después que uno la escucha, Jesús está, evidentemente, luchando contra
eso, está oponiéndose a eso.
El tema
es: "Vamos a ver cómo está lo que sale de tu corazón, cómo están las obras
de tus manos. De modo que aquí hay una advertencia severa, para nosotros los
que tenemos tantas teorías, tantas palabras, los que tenemos tantas enseñanzas.
El Apóstol Santiago, acuérdate lo
que dice Santiago allá en su Carta: “Ustedes no quieran ser todos maestros,
porque los maestros tendremos juicio más severo” Carta de Santiago 3,1. Esto lo dice Santiago, que seguramente le escuchó a
Jesús muy bien el ejemplo del evangelio de hoy y muchos otros ejemplos.
El
llevar la Palabra de Dios es una bendición, es una alegría, a veces es motivo
de honor; pero también supone un riesgo, vamos a llamarlo de esa manera, porque
aumenta nuestra responsabilidad a la hora de presentar cuentas a Nuestro Señor.
El
Samaritano ¿qué hizo? El samaritano reconoció a ese hombre como prójimo. Porque
esa fue la pregunta que dio origen a todo; "¿quien es mi prójimo?" San Lucas 10,29,
el que hace esa pregunta era otro teórico, un escriba, un estudioso.
Y
resulta que el prójimo llega a mi vida sin explicación. No busques el prójimo a
través de explicaciones porque no las tiene. El prójimo no llega ante ti dentro
de un esquema lógico, dentro de un esquema racional.El prójimo es precisamente
aquel que tú no programaste.
Ese
día, seguramente el sacerdote, y el levita, y el samaritano, salieron de su
casa con un programa, es decir, con un proyecto, con algo que querían hacer.
Por algo estaban en ese camino. Lo más probable es que no estaban simplemente
paseando, tenían un proyecto.
Pero,
el prójimo es aquel que me rompe mi proyecto, el prójimo es aquel que me
interrumpe, es aquel que me interrumpe mi proyecto aquel porque irrumpe en mi
vida. En la medida que el prójimo rompe,es la misma raíz de irrumpir, de
interrumpir-; en la medida en que el prójimo rompe con esa lógica, con ese
proyecto, con ese deseo que yo tenia, en esa medida se convierte en prójimo mío.
De
modo que, querido escriba, no le busque demasiadas razones a ese prójimo,
porque el prójimo es el que rompe tus razones, es el que rompe tus esquemas, es
el que rompe lo que tú tenías programado.
El
samaritano, fundamentalmente, se compadece. Ese es otro aspecto hermoso para
meditar o para agradecer, por algo se ha llamado al mismo Cristo judío, se le
ha llamado el Buen Samaritano.
Ese
es Jesucristo, el Buen Samaritano. Y lo es sobre todo por esa palabra, la
palabra compasión, la palabra misericordia. Esta es la palabra grande,
indudablemente, de la Biblia, la palabra grande que en cierto modo llena todo
el Nuevo Testamento: la compasión. Por compasión ha venido Cristo a esta
tierra, por su compasión y misericordia somos redimidos, por compasión se
abaja.
En
el caso de la parábola, sucede ante nuestros ojos, se agacha, se abaja. Tener
compasión es eso, es bajar con el otro, bajar a la situación, a la verdad, a la
realidad, al dolor del otro. Eso fue lo que hizo el buen samaritano.
Nosotros
necesitamos esa misericordia de dos maneras: la necesitamos porque nosotros
estamos caídos y necesitamos redención, y la necesitamos para poder darla a
otros.
Viene a la mente San Pablo cuando dice: "Nosotros
llegamos a consolar a los demás con el consuelo que hemos recibido de
Dios" 2 Corintios 1,4,
dice en algunas de sus Cartas a los Corintios.
Si
no hemos sido consolados por Dios, no podemos consolar a otros; si no hemos
sido destinatarios de compasión, no podemos ser fuentes de compasión. En la
medida que me reconozco como hombre tirado en el camino, que ha recibido la
visita del Dios compasivo, en esa medida, transformado por esa compasión,
también yo adquiero el don, la capacidad de agacharme, de abajarme ante el
hermano. Necesito recibir misericordia, porque necesito dar misericordia.
Son tantas y tan bellas las reflexiones que nos trae este evangelio. Yo solamente invito a cada uno a que
reciba la visita del Buen Samaritano, a que reciba el aceite, tan bella esa
imagen del aceite, la unción. El samaritano ungió al pobre hombre que estaba
caído, pues eso también necesitamos nosotros, necesitamos la unción del
Espíritu.
Pidamos
entonces al Señor que nos de la unción de su Espíritu, para que seamos
transformados, para que seamos no sólo objetos de misericordia, sino sujetos
capaces de dar misericordia a los hermanos.
Que
Dios se alegre en nosotros, que su Evangelio suceda en nosotros, y a través de
nosotros, en el mundo entero.
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