sábado, 15 de octubre de 2016

Trasmitido

"La Iglesia es Jesucristo transmitido, Jesucristo comunicado". A través de la predicación de la Iglesia, a través de la voz de la Iglesia que me trae esta Palabra, es Cristo que me sale al encuentro.
Hay momentos particulares, hay momentos singulares en que esa presencia de Cristo se hace más patente, se hace más densa, esos son los que nosotros llamamos los sacramentos.
Cuando me acerco a la confesión y el sacerdote me dice: "Te absuelvo de tus pecados, en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu", esas palabras ya no son las palabras de un hombre mortal, no es él el que tiene la autoridad para perdonarme, es Cristo presente en ese sacerdote que me está dando el perdón, ahí puedo sentir, a través de la voz de la Iglesia, ahí puedo sentir la voz de mi Cristo.
Cuando la Iglesia te dice, por ministerio del sacerdote, del obispo: "Esto es mi Cuerpo, esta es mi Sangre", el sacerdote no está diciendo que ese es el cuerpo de él, sino está diciendo Cristo, es Cristo en persona el que está pronunciando esas palabras en medio de la comunidad; y cuando tú recibes, esa la Hostia Santísima, cuando tu sientes ese alimento que llega a tu corazón, es Cristo el que está acariciando tu vida.
La Iglesia prolonga esta bienaventuranza del del evangelio de hoy, la Iglesia es Jesucristo mismo, es Cristo transmitido, es Cristo prolongado; y tú recibes, especialmente a través de la predicación y de los sacramentos, tú recibes ese momento, esa presencia del Señor Jesús. Y así con los otros sacramentos.
El día que nos bautizaron, decía San Agustín: "Cuando alguien bautiza, es Cristo quien bautiza", fue Cristo quien dijo esas palabras: "Yo te bautizo en el nombre del Padre". Era Cristo tomando esa voz, tomando esa boca, diciendo esas palabras, metiéndose en su propio misterio, en el misterio de su Cruz, de su muerte, de su resurrección. Era Cristo el que lo estaba diciendo.
El evangelio está invitando a agradecer la humanidad, la corporeidad real de Cristo, agradecerla; pero a entender, que a través de la predicación de la Palabra en el ministerio de la Ïglesia, a través de la presencia de la Palabra en los sacramentos, Cristo nos sigue llamando feliz, recibimos esa Palabra, si la acogemos, si la hacemos nuestra, si la cumplemos, ahí es Cristo el que está visitándonos
Es impresionante. Yo les podría contar tantos testimonios, les cuento sólo uno. Hace poco una pariente de mi cuñada estaba gravísimamente enferma, esperaba un desenlace mortal, se encontraba en cuidados intensivos de alguna clínica allá en su ciudad, y la familia dijo: "Pues bueno, la unción de los enfermos, que no se muera sin sacramentos".
En la unción de los enfermos Cristo toma la humanidad del sacerdote y Cristo acaricia al enfermo y le da vida, y le da salud, y con esa fe grande nos fuimos, porque el sacramento de la unción no es un sacramento para que se termine de morir; es un sacramento, como todos los sacramentos, para la vida, vida en esta tierra, si es voluntad de Dios, vida eterna, si esa es la decisión de Dios.

 Dios está vivo en su Palabra, Dios está en sus sacramentos; Dios quiere acariciar a la gente, Dios quiere consolar a la gente, Dios quiere sanar a su pueblo, a través de la predicación y de los sacramentos, Cristo, el mismo Cristo de ayer, de hoy y de siempre, está presente y está obrando en su pueblo.Cuando entramos a una predicación con alegrìa y gozo tenemos que decir: "Cristo me abrió el entendimiento y como que pude entender la Escritura"; cuando asisitamos a la Misa, tienemos que decir: "Cristo partió para mí su Pan, me dio de sí mismo, sacó de sí para regalarme, para enriquecerme, para sanarme para instruirme".

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