"La
Iglesia es Jesucristo transmitido, Jesucristo comunicado". A través de la
predicación de la Iglesia, a través de la voz de la Iglesia que me trae esta
Palabra, es Cristo que me sale al encuentro.
Hay momentos particulares, hay momentos singulares en que esa
presencia de Cristo se hace más patente, se hace más densa, esos son los que
nosotros llamamos los sacramentos.
Cuando me acerco a la confesión y el sacerdote me dice: "Te
absuelvo de tus pecados, en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu",
esas palabras ya no son las palabras de un hombre mortal, no es él el que tiene
la autoridad para perdonarme, es Cristo presente en ese sacerdote que me está
dando el perdón, ahí puedo sentir, a través de la voz de la Iglesia, ahí puedo
sentir la voz de mi Cristo.
Cuando la Iglesia te dice, por ministerio del sacerdote, del
obispo: "Esto es mi Cuerpo, esta es mi Sangre", el sacerdote no está
diciendo que ese es el cuerpo de él, sino está diciendo Cristo, es Cristo en
persona el que está pronunciando esas palabras en medio de la comunidad; y
cuando tú recibes, esa la Hostia Santísima, cuando tu sientes ese alimento que
llega a tu corazón, es Cristo el que está acariciando tu vida.
La Iglesia prolonga esta bienaventuranza del del evangelio de
hoy, la Iglesia es Jesucristo mismo, es Cristo transmitido, es Cristo
prolongado; y tú recibes, especialmente a través de la predicación y de los
sacramentos, tú recibes ese momento, esa presencia del Señor Jesús. Y así con
los otros sacramentos.
El día que nos bautizaron, decía San Agustín: "Cuando
alguien bautiza, es Cristo quien bautiza", fue Cristo quien dijo esas
palabras: "Yo te bautizo en el nombre del Padre". Era Cristo tomando
esa voz, tomando esa boca, diciendo esas palabras, metiéndose en su propio
misterio, en el misterio de su Cruz, de su muerte, de su resurrección. Era
Cristo el que lo estaba diciendo.
El evangelio está invitando a agradecer la humanidad, la
corporeidad real de Cristo, agradecerla; pero a entender, que a través de la
predicación de la Palabra en el ministerio de la Ïglesia, a través de la
presencia de la Palabra en los sacramentos, Cristo nos sigue llamando feliz,
recibimos esa Palabra, si la acogemos, si la hacemos nuestra, si la cumplemos,
ahí es Cristo el que está visitándonos
Es impresionante. Yo les podría contar tantos testimonios, les
cuento sólo uno. Hace poco una pariente de mi cuñada estaba gravísimamente
enferma, esperaba un desenlace mortal, se encontraba en cuidados intensivos de
alguna clínica allá en su ciudad, y la familia dijo: "Pues bueno, la
unción de los enfermos, que no se muera sin sacramentos".
En la unción de los enfermos Cristo toma la humanidad del
sacerdote y Cristo acaricia al enfermo y le da vida, y le da salud, y con esa
fe grande nos fuimos, porque el sacramento de la unción no es un sacramento
para que se termine de morir; es un sacramento, como todos los sacramentos,
para la vida, vida en esta tierra, si es voluntad de Dios, vida eterna, si esa
es la decisión de Dios.
Dios está vivo en su
Palabra, Dios está en sus sacramentos; Dios quiere acariciar a la gente, Dios
quiere consolar a la gente, Dios quiere sanar a su pueblo, a través de la
predicación y de los sacramentos, Cristo, el mismo Cristo de ayer, de hoy y de
siempre, está presente y está obrando en su pueblo.Cuando entramos a una predicación
con alegrìa y gozo tenemos que decir: "Cristo me abrió el entendimiento y
como que pude entender la Escritura"; cuando asisitamos a la Misa,
tienemos que decir: "Cristo partió para mí su Pan, me dio de sí mismo,
sacó de sí para regalarme, para enriquecerme, para sanarme para
instruirme".
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