martes, 4 de octubre de 2016

pAZ

El camino de la reconciliación, entonces, es igual para ambos, es igual porque ambos, judíos y paganos, necesitamos arrepentirnos, en la medida en que cada uno reconoce su propio pecado, en la medida en que cada uno reconoce su propia miseria, vuelve a Dios a través del anuncio de gracia, que es el Evangelio de Cristo.
Gracias al Evangelio de Cristo puedo creer en el amor de Dios, gracias al Evangelio de Cristo puedo arrepentirme de mis pecados, ya sea yo un judío que recibí la Ley, pero no la obedecí, que recibí las promesas pero no fui digno de ellas, o ya sea yo un pagano que he llevado una vida depravada y que pertenezco al espantoso espectáculo de un mundo que se derrumba en medio de vicios.
Arrepintiéndome de mis culpas, -ya se trate de un judío o de un pagano, ya sea yo judío o pagano-, arrepintiéndome de mis culpas, creo, ejerzo fe, me apego a Jesucristo y en Cristo encuentro el abrazo de mi paz.
Pero en Cristo también encuentro a los demás arrepentidos. Es como esto, imaginémonos que este querido amigo está peleado conmigo y yo con él, nos queda muy difícil encontrarnos así; pero si él se arrepiente de sus culpas y va a este altar, que representa Cristo; y yo me arrepiento de mis culpas y yo voy al altar, que representa Cristo, cuando yo abrazo al altar, abrazo a mi hermano, eso fue lo que hizo Jesucristo.
Jesucristo nos llama a todos para que todos nos arrepintamos de nuestras culpas, seamos judíos o paganos en nuestro pasado.
Que dejemos atrás nuestros pecados, que cada uno reconozca lo que ha hecho y que venga Jesús; y al abrazar a Jesús, abrazo a mi hermano y al abrazar a Jesús, me reconcilio con mi hermano.
Eso es lo que dice San Pablo: “Reconcilió con Dios a los dos pueblos uniéndolos en solo cuerpo mediante la Cruz” Carta a los Efesios 2,14, porque efectivamente, en la Cruz se denuncia todo el pecado y se anuncia toda la gracia.
La Cruz, la bendita Cruz de Cristo es el gran anuncio del amor y es la gran denuncia del pecado, de la muerte, del demonio y del sufrimiento estéril.
En la cruz de Jesucristo me encuentro con Cristo; pero cuando abrazo a Cristo me doy cuenta que hay alguien más y ese alguien mas es mi hermano, ese alguien mas es el hermano con el cual ya me puedo reconciliar.
Esta enseñanza de San Pablo la podemos aplicar a nuestra familia, la podemos aplicar a nuestra patria, la podemos aplicar a nuestra vida.
San Pablo, en esta preciosa Carta, nos enseña cuál es el camino de la reconciliación, que el papá se ponga a pensar delante de Cristo, que reconozca sus propios pecados y que comprenda, que como papá, aunque ha tenido seguramente algunas o muchas virtudes, hay muchas cosas que ha podido y ha debido cambiar.
Que el papá comprenda , y que el hijo se ponga delante de la cruz de Cristo, y que el hijo lea la Carta a los Efesios, y que el hijo se arrepienta de sus pecados, y se dará cuenta de que tampoco puede ser un caprichoso o un tonto y esperar que todo el mundo se le arrodille.
Y lo mismo sucede en Colombia. Hermanos, la violencia no nació porque sí, la guerrilla no nació porque sí, detrás de Carlos Castaño, detrás de Tirofijo, detrás del Mono Jojoy, siempre hay una historia de violencia, esos hombres no nacieron así, la violencia los volvió así.
Ver lo que hacían con su familias, ver lo que les pasaba a su familia los volvió así, ver las injusticias del mundo y del país los volvió así, ver que muchas veces se toca y se toca las puertas de un gobierno y nadie responde, eso termina engendrando violencia.
La conversión y la paz para el país no van a llegar solamente por estrategias, se trate de verle lo bueno de paz o trate de abrazar aunque por un ladito a su enemigo ¡No! La verdadera paz requiere que todos hagamos un proceso de conversión.
Alabemos a Dios, y cada uno piense de qué tiene que corregirse, de qué tiene que arrepentirse.
Cuando nos arrepintamos de nuestro egoísmo y de nuestra indiferencia y entendamos que todos tenemos un compromiso por nuestros hermanos; cuando nos arrepintamos ante Cristo Jesús y vayamos donde Él y descubramos todo lo egoístas que hemos sido, entonces empezaremos a descubrirnos como hermanos.
Ese es el camino que le propone, ese es el camino de la paz, ese, el camino al arrepentimiento, no es únicamente que hagamos cantos bonitos a la paz, es empezar a convertirnos cada uno en los suyo.
La máxima manifestación del poder de Dios, así como su máxima sabiduría y su máxima misericordia, están en Jesucristo, su Hijo, "porque el Hijo es la plena revelación del Padre y nadie conoce al Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar" San Mateo 11,27.
Las obras del Padre Celestial en la creación son inmensas, son portentosas; los abismos, el cosmos, causan asombro y casi temor en nosotros; la duración de los siglos, la complejidad de la materia, la belleza inagotable de miles y miles de especies de animales y plantas, todo esto nos deja sobrecogidos, y en cierto modo, humillados, por la grandeza de un poder y de una sabiduría que nos supera.

Pero el evangelio de hoy nos muestra dónde está el máximo poder de Dios; está escrito con aquellas palabras del profeta Isaías: "La caña cascada no la quebrará, el pábilo vacilante no lo apagará" Isaías 42,3.

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