El camino de la reconciliación, entonces, es igual para ambos, es
igual porque ambos, judíos y paganos, necesitamos arrepentirnos, en la medida
en que cada uno reconoce su propio pecado, en la medida en que cada uno
reconoce su propia miseria, vuelve a Dios a través del anuncio de gracia, que
es el Evangelio de Cristo.
Gracias al Evangelio de Cristo puedo creer en el amor de Dios,
gracias al Evangelio de Cristo puedo arrepentirme de mis pecados, ya sea yo un
judío que recibí la Ley, pero no la obedecí, que recibí las promesas pero no
fui digno de ellas, o ya sea yo un pagano que he llevado una vida depravada y
que pertenezco al espantoso espectáculo de un mundo que se derrumba en medio de
vicios.
Arrepintiéndome de mis culpas, -ya se trate de un judío o de un
pagano, ya sea yo judío o pagano-, arrepintiéndome de mis culpas, creo, ejerzo
fe, me apego a Jesucristo y en Cristo encuentro el abrazo de mi paz.
Pero en Cristo también encuentro a los demás arrepentidos. Es como
esto, imaginémonos que este querido amigo está peleado conmigo y yo con él, nos
queda muy difícil encontrarnos así; pero si él se arrepiente de sus culpas y va
a este altar, que representa Cristo; y yo me arrepiento de mis culpas y yo voy
al altar, que representa Cristo, cuando yo abrazo al altar, abrazo a mi
hermano, eso fue lo que hizo Jesucristo.
Jesucristo nos llama a todos para que todos nos arrepintamos de
nuestras culpas, seamos judíos o paganos en nuestro pasado.
Que dejemos atrás nuestros pecados, que cada uno reconozca lo que
ha hecho y que venga Jesús; y al abrazar a Jesús, abrazo a mi hermano y al
abrazar a Jesús, me reconcilio con mi hermano.
Eso es lo que dice San Pablo: “Reconcilió con Dios a los dos
pueblos uniéndolos en solo cuerpo mediante la Cruz” Carta a los Efesios 2,14, porque
efectivamente, en la Cruz se denuncia todo el pecado y se anuncia toda la
gracia.
La Cruz, la bendita Cruz de Cristo es el gran anuncio del amor y
es la gran denuncia del pecado, de la muerte, del demonio y del sufrimiento
estéril.
En la cruz de Jesucristo me encuentro con Cristo; pero cuando
abrazo a Cristo me doy cuenta que hay alguien más y ese alguien mas es mi
hermano, ese alguien mas es el hermano con el cual ya me puedo reconciliar.
Esta enseñanza de San Pablo la podemos aplicar a nuestra familia,
la podemos aplicar a nuestra patria, la podemos aplicar a nuestra vida.
San Pablo, en esta preciosa Carta, nos enseña cuál es el camino de
la reconciliación, que el papá se ponga a pensar delante de Cristo, que
reconozca sus propios pecados y que comprenda, que como papá, aunque ha tenido
seguramente algunas o muchas virtudes, hay muchas cosas que ha podido y ha
debido cambiar.
Que el papá comprenda , y que el hijo se ponga delante de la cruz
de Cristo, y que el hijo lea la Carta a los Efesios, y que el hijo se
arrepienta de sus pecados, y se dará cuenta de que tampoco puede ser un
caprichoso o un tonto y esperar que todo el mundo se le arrodille.
Y lo mismo sucede en Colombia. Hermanos, la violencia no nació
porque sí, la guerrilla no nació porque sí, detrás de Carlos Castaño, detrás de
Tirofijo, detrás del Mono Jojoy, siempre hay una historia de violencia, esos
hombres no nacieron así, la violencia los volvió así.
Ver lo que hacían con su familias, ver lo que les pasaba a su
familia los volvió así, ver las injusticias del mundo y del país los volvió
así, ver que muchas veces se toca y se toca las puertas de un gobierno y nadie
responde, eso termina engendrando violencia.
La conversión y la paz para el país no van a llegar solamente por
estrategias, se trate de verle lo bueno de paz o trate de abrazar aunque por un
ladito a su enemigo ¡No! La verdadera paz requiere que todos hagamos un proceso
de conversión.
Alabemos a Dios, y cada uno piense de qué tiene que corregirse, de
qué tiene que arrepentirse.
Cuando nos arrepintamos de nuestro egoísmo y de nuestra
indiferencia y entendamos que todos tenemos un compromiso por nuestros hermanos;
cuando nos arrepintamos ante Cristo Jesús y vayamos donde Él y descubramos todo
lo egoístas que hemos sido, entonces empezaremos a descubrirnos como hermanos.
Ese es el camino que le propone, ese es el camino de la paz, ese,
el camino al arrepentimiento, no es únicamente que hagamos cantos bonitos a la
paz, es empezar a convertirnos cada uno en los suyo.
La máxima manifestación del poder de Dios, así como su máxima
sabiduría y su máxima misericordia, están en Jesucristo, su Hijo, "porque
el Hijo es la plena revelación del Padre y nadie conoce al Padre sino el Hijo,
y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar" San Mateo 11,27.
Las obras del Padre Celestial en la creación son inmensas, son
portentosas; los abismos, el cosmos, causan asombro y casi temor en nosotros;
la duración de los siglos, la complejidad de la materia, la belleza inagotable
de miles y miles de especies de animales y plantas, todo esto nos deja
sobrecogidos, y en cierto modo, humillados, por la grandeza de un poder y de
una sabiduría que nos supera.
Pero el evangelio de hoy nos muestra dónde está el máximo poder de
Dios; está escrito con aquellas palabras del profeta Isaías: "La caña
cascada no la quebrará, el pábilo vacilante no lo apagará" Isaías 42,3.
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