martes, 4 de octubre de 2016

Sabidurìa








En el libro de la Sabiduría: "Tú te compadeces de todos porque todo lo puedes" 11,23.  por eso, en esa aparente debilidad de Jesucristo, en esa debilidad del Corazón de Dios, debilidad por los débiles, esa atracción que tiene Dios por el más pequeño, por el más humillado, es al mismo tiempo, la muestra más perfecta de su poder.
En este momento, saquemos tres enseñanzas para nosotros.
Primera: este es un mensaje de mucha esperanza, porque de muchos modos nosotros experimentamos nuestra vida como caña resquebrajada y nuestra fe como pábilo vacilante.
Saber que Dios va a mostrar su poder especialmente en nuestra debilidad, es la mejor noticia que se le podía dar a la estirpe humana; saber que nuestra debilidad va a ser ocasión propicia, ocasión próxima y cercana para la obra de Dios, y que nunca Dios mostrará tanto que es Dios como ahí, esa es una noticia de mucha esperanza para nosotros no sólo por las debilidades que tengamos hoy, en este momento, sino porque al mirar el curso de nuestra vida, todos tenemos zonas oscuras, zonas heridas por el pecado, cada quien de acuerdo con su debilidad.
Dios obra con nosotros como el médico al que llega un herido gravísimo, un accidentado espantoso, y el médico cuida con mayor cariño y con mayor ciencia, con mayor cuidado lo que está más herido. Esto nos mueve a una confianza sin límites en Dios y a un deseo irreprimible de entregarle todo lo que somos, empezando precisamente por lo más miserable de nosotros mismos.
 Es verdad que todas nuestras fortalezas y talentos pueden ser ocasión de división, de envidia, de presunción, pero hay un vínculo más profundo que nos une: somos una comunidad de compadecidos, gente de la que Dios se apiadó.
Aprender a descubrir en cada hermano, en cada hermana y en la familia, en el cónyuge, que lo que nos une es: Dios se apiadó de esa persona, como se apiadó de mí". Ese sí es fundamento para la vida comunitaria, este sí.¿Por qué esta hermana aquí? Porque Dios la amó, porque Dios se compadeció de ella, porque Dios quiere conducirla. Estas sí son razones para fundamentar la vida comunitaria.
En la Eucaristía. En la humildad, en esa pobreza última de la Hostia, ahí está la máxima manifestación de Dios.
La contemplación desde la Eucaristía, nos ayuda a recordar continuamente, diariamente este modo singular que Dios escogió para mostrar su poder, su amor y su sabiduría.
Dios sabe construir santos y apóstoles en medio de las tinieblas. Moisés tenía todas las razones del mundo para ser un cómplice del sistema opresor. Era tenido por hijo de la hija del faraón. Había sido criado en la corte.
Este hombre, el que es misteriosa y maravillosamente llamado por Dios para una misión ardua y difícil como pocas, la salida de Israel del país de Egipto. Mire cómo, en ese caso, Dios tenía su propio plan.
Esos son lugares, donde también Dios sabe entrar, y sabe sacar sus santos, y sabe hacer brillar a sus apóstoles, y sabe hacer su obra. Esos son lugares maravillosos, en los que Dios logra sus santos más acabados, las obras más hermosas de la gracia.
De pronto tú eres un salvado de las aguas. De pronto en ti hay una especie de Moisés. De pronto en tí hay la semilla de un gran santo, de un apóstol.
Mira, uno puede apasionarse, uno no puede enamorarse de la belleza de la mirada de Cristo, sin cultivar la pureza en el corazón, no se puede. No se pueden mirar esos ojos, no se puede uno enamorar de esos ojos sin buscar un alma transparente, serena, limpia, luminosa. Uno no puede enamorarse de las palabras de Jesucristo, de de la belleza de la palabra de Jesucristo sin volverse oyente, sin volverse contemplativo y adorador de Jesucristo.
Jesucristo es el amor grande de nuestras almas, y Jesús se apodera de nuestros corazones con esas dos herramientas que estamos viendo en la lectura de hoy: con la hermosura de su vida, con la hermosura de su alma, con la hermosura de su palabra y con la compasión que tiene ese corazón.

Descubrir el corazón compasivo, el corazón misericordioso de Jesucristo y fascinarnos por esa misericordia, este es el otro gran antídoto.

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