En el libro de la Sabiduría: "Tú te compadeces de todos
porque todo lo puedes" 11,23. por eso, en esa aparente debilidad de
Jesucristo, en esa debilidad del Corazón de Dios, debilidad por los débiles,
esa atracción que tiene Dios por el más pequeño, por el más humillado, es al
mismo tiempo, la muestra más perfecta de su poder.
En este momento, saquemos tres enseñanzas para nosotros.
Primera: este es un mensaje de mucha esperanza, porque de muchos
modos nosotros experimentamos nuestra vida como caña resquebrajada y nuestra fe
como pábilo vacilante.
Saber que Dios va a mostrar su poder especialmente en nuestra
debilidad, es la mejor noticia que se le podía dar a la estirpe humana; saber
que nuestra debilidad va a ser ocasión propicia, ocasión próxima y cercana para
la obra de Dios, y que nunca Dios mostrará tanto que es Dios como ahí, esa es
una noticia de mucha esperanza para nosotros no sólo por las debilidades que
tengamos hoy, en este momento, sino porque al mirar el curso de nuestra vida,
todos tenemos zonas oscuras, zonas heridas por el pecado, cada quien de acuerdo
con su debilidad.
Dios obra con nosotros como el médico al que llega un herido
gravísimo, un accidentado espantoso, y el médico cuida con mayor cariño y con
mayor ciencia, con mayor cuidado lo que está más herido. Esto nos mueve a una
confianza sin límites en Dios y a un deseo irreprimible de entregarle todo lo
que somos, empezando precisamente por lo más miserable de nosotros mismos.
Es verdad que
todas nuestras fortalezas y talentos pueden ser ocasión de división, de
envidia, de presunción, pero hay un vínculo más profundo que nos une: somos una
comunidad de compadecidos, gente de la que Dios se apiadó.
Aprender a descubrir en cada hermano, en cada hermana y en la
familia, en el cónyuge, que lo que nos une es: Dios se apiadó de esa persona,
como se apiadó de mí". Ese sí es fundamento para la vida comunitaria, este
sí.¿Por qué esta hermana aquí? Porque Dios la amó, porque Dios se compadeció de
ella, porque Dios quiere conducirla. Estas sí son razones para fundamentar la
vida comunitaria.
En la Eucaristía. En la humildad, en esa pobreza última de la
Hostia, ahí está la máxima manifestación de Dios.
La contemplación desde la Eucaristía, nos ayuda a recordar
continuamente, diariamente este modo singular que Dios escogió para mostrar su
poder, su amor y su sabiduría.
Dios sabe construir santos y apóstoles en medio de las tinieblas.
Moisés tenía todas las razones del mundo para ser un cómplice del sistema
opresor. Era tenido por hijo de la hija del faraón. Había sido criado en la
corte.
Este hombre, el que es misteriosa y maravillosamente llamado por
Dios para una misión ardua y difícil como pocas, la salida de Israel del país
de Egipto. Mire cómo, en ese caso, Dios tenía su propio plan.
Esos son lugares, donde también Dios sabe entrar, y sabe sacar sus
santos, y sabe hacer brillar a sus apóstoles, y sabe hacer su obra. Esos son
lugares maravillosos, en los que Dios logra sus santos más acabados, las obras
más hermosas de la gracia.
De pronto tú eres un salvado de las aguas. De pronto en ti hay una
especie de Moisés. De pronto en tí hay la semilla de un gran santo, de un
apóstol.
Mira, uno puede apasionarse, uno no puede enamorarse de la belleza
de la mirada de Cristo, sin cultivar la pureza en el corazón, no se puede. No
se pueden mirar esos ojos, no se puede uno enamorar de esos ojos sin buscar un
alma transparente, serena, limpia, luminosa. Uno no puede enamorarse de las
palabras de Jesucristo, de de la belleza de la palabra de Jesucristo sin
volverse oyente, sin volverse contemplativo y adorador de Jesucristo.
Jesucristo es el amor grande de nuestras almas, y Jesús se apodera
de nuestros corazones con esas dos herramientas que estamos viendo en la lectura
de hoy: con la hermosura de su vida, con la hermosura de su alma, con la
hermosura de su palabra y con la compasión que tiene ese corazón.
Descubrir el corazón compasivo, el corazón misericordioso de
Jesucristo y fascinarnos por esa misericordia, este es el otro gran antídoto.
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