El prójimo es aquel que me rompe mi proyecto, el prójimo es
aquel que me interrumpe, es aquel que me interrumpe mi proyecto aquel porque
irrumpe en mi vida. En la medida que el prójimo rompe, es la misma raíz de
irrumpir; en la medida en que el prójimo rompe con esa lógica, con ese
proyecto, con ese deseo que yo tenia, en esa medida se convierte en prójimo mío.
El
samaritano, fundamentalmente, se compadece. Ese es otro aspecto hermoso para
meditar o para agradecer, por algo se ha llamado al mismo Cristo judío, se le
ha llamado el Buen Samaritano.
Ese
es Jesucristo, el Buen Samaritano. Y lo es sobre todo por esa palabra, la
palabra compasión, la palabra misericordia. Esta es la palabra grande, indudablemente,
de la Biblia, la palabra grande que en cierto modo llena todo el Nuevo
Testamento: la compasión. Por compasión ha venido Cristo a esta tierra, por su
compasión y misericordia somos redimidos, por compasión se abaja.
En
el caso de la parábola, sucede ante nuestros ojos, se agacha, se abaja. Tener
compasión es eso, es bajar con el otro, bajar a la situación, a la verdad, a la
realidad, al dolor del otro. Eso fue lo que hizo el buen samaritano.
Nosotros
necesitamos esa misericordia de dos maneras: la necesitamos porque nosotros
estamos caídos y necesitamos redención, y la necesitamos para poder darla a
otros.
Vienen
a la mente las palabras del Apóstol San Pablo cuando dice: "Nosotros
llegamos a consolar a los demás con el consuelo que hemos recibido de
Dios" 2 Corintios 1,4, dice en algunas de sus
Cartas a los Corintios.
Si
no hemos sido consolados por Dios, no podemos consolar a otros; si no hemos
sido destinatarios de compasión, no podemos ser fuentes de compasión. En la
medida que me reconozco como hombre tirado en el camino, que ha recibido la
visita del Dios compasivo, en esa medida, transformado por esa compasión, también
adquiero el don, la capacidad de agacharme, de abajarme ante el hermano.
Necesito recibir misericordia, porque necesito dar misericordia.
Son
tantas y tan bellas las reflexiones que nos trae el evangelio,cada uno/a que
reciba la visita del Buen Samaritano, a que reciba el aceite, tan bella esa
imagen del aceite, la unción. El samaritano ungió al pobre hombre que estaba
caído, pues eso también necesitamos nosotros, necesitamos la unción del
Espíritu.
Pidamos
entonces al Señor que nos de la unción de su Espíritu, para que seamos
transformados, para que seamos no sólo objetos de misericordia, sino sujetos
capaces de dar misericordia a los hermanos.
Que
Dios se alegre en nosotros, que su Evangelio suceda en nosotros, y a través de
nosotros, en el mundo
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