La voz del profeta y
del predicador realizan un ministerio de limpieza, de purificación ( Jn
15,3). También hay acciones que purifican, como la que vemos hoy en la acción
de Jesús. Seguramente todos amamos la pureza y todos queremos ser templos vivos
del Dios vivo ( 1 Cor 6,19). Pregunta: ¿estamos dispuestos a ser purificados
por el Señor, aunque ello implicara algo como la escena que vemos hoy en el
Evangelio?
Jesús purifica el
templo y luego inicia un intenso ministerio de predicación en el templo
purificado. La pureza no es un fin en sí misma, sino un espacio que abrimos
para acoger más y mejor la gracia y la palabra. La pureza es como el silencio:
nos libera del peso muerto, del pasado estéril, del ruido estorboso, y nos abre
el mensaje precioso del Dios Santo y Bello.
El acto de Jesús se
convierte en una especie de sentencia de muerte contra sí mismo. La
purificación por la palabra llegará a ser purificación por la Sangre. Puesto en
el Lugar Santo por excelencia, según el sentir de los judíos, su palabra barre
no sólo los negocios de quienes comerciaban en el templo, sino también las
pesadas y engañosas cargas de quienes se tenían por maestros del pueblo. Cristo
los desautoriza; clausura un tiempo que ya no daba más de sí, e inaugura una
realidad nueva que tiene por centro su mensaje y su vida misma. Es lógico que
sus adversarios le vieran como un estorbo chocante en extremo, y que, dentro de
esa lógica, buscaran el modo de quitarlo de en medio.
Finalmente, sin
embargo, y a precio de Sangre, el templo es ahora nuevo. El Lugar Santo es el
Cuerpo de Cristo, presente y vivo en nuestro altar, en nuestras manos, en
nuestro corazón. Viene hoy también Jesucristo a dar pureza y a invadir con su
diluvio de amor y justicia nuestra existencia.
No hay comentarios:
Publicar un comentario