Si
descubrimos nuestra vida como destino del amor de Dios, descubrimos también
nuestro destino en Dios. Si descubrimos nuestra vida como señores de la
creación, descubrimos también nuestra vida como receptores, como destinatarios
del amor de Dios.
Pero
si nos rebelamos contra ese orden, si pretendemos escoger nuestro bien y
nuestro mal, si no aceptamos lo que Dios nos dice que es nuestro bien y nuestro
mal, eso es "comer del árbol prohibido" y es lo que vamos a encontrar
en los textos de los días siguientes.
Comer
del árbol prohibido es elegir nuestro bien y nuestro mal, dándole la espalda al
bien que Dios nos ha ofrecido y a la advertencia que Él nos ha hecho.
Pidámosle
al Señor en este día que nos regale dos cosas:
Primero:
conciencia agradecida de nuestro ser. Qué hermoso decirle hoy al Señor:
"Me creaste para amarme, me creaste para tener en quien depositar el
tesoro de tu amor". ¿Quién no vivirá feliz, quién no vivirá en paz, quién
no tendrá amor para repartir si de veras cree que esto es así, si de veras dice
en su corazón: “Señor, me creaste para amarme?”
El
que de veras diga esto necesariamente siente alegría y necesariamente siente
amor para dar. Pidamos esto, la conciencia agradecida de nuestra dignidad.
Pidamos al Señor que nos ayude a conservar el orden propio. Somos señores de
las cosas, somos dueños de ellas, no podemos permitir que ellas sean nuestros
dueños. Que nosotros, guiados por el Espíritu de Dios, seamos dueños de las
cosas y que descubramos la maravillosa dignidad en que le plan original de Dios
nos ha puesto.
Ahí
está nuestra paz, ahí esta nuestra alegría, ahí está la respuesta a los grandes
interrogantes y a los grandes dolores de nuestro mundo.
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