jueves, 16 de marzo de 2017

Isaìas 49,15.




Jesús lleva a plenitud la Ley de Moisés, por ejemplo, de una obediencia a base de temor, Jesús quiere llevarnos a una obediencia desde la convicción y desde la certeza del amor.
Y esto es lo que aparece en las lecturas del domingo de hoy: tenemos ese breve pasaje, sólo dos versículos,del capítulo cuarenta y nueve de Isaías, y ahí está una expresión dulcísima, tiernísima del amor de Dios.
Dice Dios nuestro Padre por boca del profeta: "Aunque una madre se olvide del hijo de sus entrañas, yo jamás te olvidaría" Isaías 49,15. ¡Qué modo tan expresivo, tan vigoroso y al mismo tiempo tan hermoso de contarnos la intensidad de ese amor con el que Dios nos cuida, nos sana, nos levanta, nos perdona, nos guía!
Y esta es la base para entender la parte que nos corresponde del Sermón de la Montaña en el domingo de hoy. Jesús nos invita a vivir en la presencia y en la absoluta confianza de nuestro Padre del Cielo. Jesús diciéndonos que tenemos un Papá, tenemos un Papá que es capaz de mejorar la definición de Papá que hayamos conocido en esta tierra.
Hay gente que dice: "Pero cómo se puede hablar de Dios Padre si hay tantos papás que son un desastre". Pues Ser discípulo de Cristo es esto segundo, es decirle a Cristo: "Quiero vivir en aquello que tú quieras salvar de mí; quiero permanecer en aquello que tú ves que es salvable, que ves en mí; eso es lo que yo quiero que permanezca, eso es lo que yo quiero que dure, eso es ser discípulo de Cristo, ese es el verdadero discípulo de Cristo".precisamente por eso, porque nosotros tenemos que saber que Dios es Papá como nadie es papá, que Dios es el verdadero Padre, el que sabe estar cerca, el que sabe proveer a nuestras verdaderas y reales necesidades, el que se anticipa a nuestros anhelos más profundos, el que nos conoce, el que nos escruta, el que nos guía, el que nos sana.

Hay una preciosa coincidencia, una resonancia en el evangelio, para que nosotros descubramos al Dios cercano, y para que sabiéndonos amados, podamos obedecer, pero obedecer desde la convicción, no desde la obligación solamente, no desde el miedo, sino desde la convicción profunda y desde el amor.

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