miércoles, 29 de marzo de 2017

Sondear





Sólo la luz profunda, la luz celeste de Dios le devuelve la verdad a las realidades terrestres; sólo una luz tan grande, sólo un amor tan inmenso puede permitirnos descubrir que aquello que tenemos a nuestro lado, nuestro prójimo, nuestro hermano, es inagotable, en cierto modo, impredecible.
Conserva en el fondo de su alma un misterio que sólo la conciencia del propio hombre, y desde luego, el Espíritu de Dios, alcanzan a sondear.
Las lecturas de los viernes de Cuaresma nos han ido conduciendo y falta que nos terminen de conducir hacia ese viernes definitivo, el viernes de la Cruz, la hora de la ignominia y de la gracia, la hora del fracaso y de la gloria.
Porque también uno puede descalificarse a sí mismo, la conversión también es saber que uno no sabe lo suficiente de sí y que se necesita una luz superior, una verdad mayor para también darse la oportunidad de cambiar.
Dentro de cada uno de nosotros, en medio de sus propias dificultades, está a veces dormido un santo; dentro de cada uno de nosotros hay posibilidades, hay gracias, hay una historia de amor que Dios ha querido escribir, que Dios ha empezado a escribir.
La enseñanza del desenlace de la vida de Cristo parece ser: no adelantes el final de esa historia.
Quizá es más hermoso, quizá es más grande para ti y para tus hermanos, es más grande y más bello de lo que nosotros alcanzaríamos a suponer sobre todo si creemos que nos conocemos.
En la Eucaristía nos sumergimos en el misterio de un Pan partido y repartido en el que brota la vida.

Hacer de la vida pan que se parte. Quizá cuando el corazón nuestro se parte, como la Eucaristía, brotan ríos de agua, quizá en esos momentos brotan torrentes de misericordia capaces de convertir, de iluminar, de salvar muchas vidas.

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