Sólo
la luz profunda, la luz celeste de Dios le devuelve la verdad a las realidades
terrestres; sólo una luz tan grande, sólo un amor tan inmenso puede permitirnos
descubrir que aquello que tenemos a nuestro lado, nuestro prójimo, nuestro
hermano, es inagotable, en cierto modo, impredecible.
Conserva
en el fondo de su alma un misterio que sólo la conciencia del propio hombre, y
desde luego, el Espíritu de Dios, alcanzan a sondear.
Las
lecturas de los viernes de Cuaresma nos han ido conduciendo y falta que nos
terminen de conducir hacia ese viernes definitivo, el viernes de la Cruz, la
hora de la ignominia y de la gracia, la hora del fracaso y de la gloria.
Porque
también uno puede descalificarse a sí mismo, la conversión también es saber que
uno no sabe lo suficiente de sí y que se necesita una luz superior, una verdad
mayor para también darse la oportunidad de cambiar.
Dentro
de cada uno de nosotros, en medio de sus propias dificultades, está a veces
dormido un santo; dentro de cada uno de nosotros hay posibilidades, hay
gracias, hay una historia de amor que Dios ha querido escribir, que Dios ha
empezado a escribir.
La
enseñanza del desenlace de la vida de Cristo parece ser: no adelantes el final
de esa historia.
Quizá
es más hermoso, quizá es más grande para ti y para tus hermanos, es más grande
y más bello de lo que nosotros alcanzaríamos a suponer sobre todo si creemos
que nos conocemos.
En
la Eucaristía nos sumergimos en el misterio de un Pan partido y repartido en el
que brota la vida.
Hacer
de la vida pan que se parte. Quizá cuando el corazón nuestro se parte, como la
Eucaristía, brotan ríos de agua, quizá en esos momentos brotan torrentes de
misericordia capaces de convertir, de iluminar, de salvar muchas vidas.
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