Se trata de un sacramento de fe, ante el cual profesamos que creemos en el que anunciamos la muerte del Señor, su resurrección, su redención y su pascua, cada vez que comemos de su pan y bebemos de su sangre, hasta que Él vuelva. Así, además celebramos de manera anticipada el banquete del Reino de Dios. Se trata, pues, de un sacramento que involucra la fe en todos los sentidos.
Consideramos ahora dos elementos de esa fe que profesa y vive el misterio eucarístico. En primer lugar es sacramento que nos permite creer. Mejor dicho, requiere la fe para poder aceptarlo. Esa fue la experiencia de los dos discípulos de Emaús: reconocieron al Señor en la fracción del Pan. Lo habían sentido cercano, les había encendido el corazón y los ojos de la fe lo reconocieron en el partir el pan. Para poder proclamar que anunciamos su Pascua, los creyentes tenemos que profesar la fe en la presencia real de Jesucristo y asumir que por la Eucaristía estamos inmersos en la nueva y eterna alianza. Esa que fue sellada con la sangre de Cristo y de la cual podemos participar en cada celebración.
La Eucaristía nos permite, entonces, hacer un ejercicio de lo que debe ser nuestra vida de cristianos: hacer que la fe reconozca la presencia de Dios y así fortalezca nuestra existencia cristiana. Entonces, será posible el encuentro vivo con Jesús. Una de las consecuencias de nuestra fe es, precisamente, ese encuentro con Jesús. Esto se debe dar en la vida de todos los días; en la eucaristía se da de manera sacramental e intensa. Nuestra fe no se queda sólo en decir que creemos sino que da un paso más allá: esto es en abrir nuestro corazón para que la Palabra y la misma Eucaristía se hagan sentir en él. Así, el encuentro con Cristo nos introduce en Él y Él se sigue haciendo uno de nosotros en cada uno de nosotros mismos. Es el significado del término comunión.
La Eucaristía alimente nuestra fe. Profesar nuestra fe en la Eucaristía tiene como resultado, el ser enriquecida con el alimento de la salvación. Por eso también es sacramento de nuestra fe. Cada creyente es alimentado y sostenido por la fuerza de la Eucaristía y como nos dice el mismo Señor puede ya tener un anticipo del encuentro definitivo con Dios, ya que es el Pan de la Vida eterna… y junto con él, tenemos la Palabra de vida eterna. Por eso, quien cree tiene la vida eterna.
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