Las virtudes, en cambio, son alabadas. El evangelio exhorta encarecidamente a ser sabios, rectos, justos, honestos y comprometidos con el bien. «Escucha hijo mío, y sé sabio. Dirige tu corazón por el camino recto Adquiere el verdadero bien y no lo cedas, la sabiduría, la instrucción y la inteligencia» (Pr 23, 19.23). Las recomendaciones se refieren a otras muchas virtudes: la humildad, el dominio de sí, la paciencia, la lealtad, la fidelidad conyugal, la amistad, el perdón de los enemigos, la laboriosidad, la sobriedad, la defensa de los pobres, la generosidad y la hospitalidad.
El principio que regula y fundamenta el comportamiento ético es el temor del Señor: «Principio de la sabiduría es el temor del Señor» (Pr 9,10), es decir, la auténtica relación con Dios, hecha de respeto, adoración, obediencia y confianza. Algo similar se dice también en el pasaje de la Escritura que hemos escuchado: «Tu corazón no envidie a los pecadores sino que permanezca siempre en el temor del Señor, porque así tendrás un porvenir y tu esperanza no será defraudada» (Pr 23, 17-18).
El temor del Señor impulsa a renunciar al pecado y a cumplir su voluntad, concretada en las normas morales. Y como Dios quiere solamente nuestro bien, obedecerlo, según el libro de los Proverbios, es el camino para tener éxito también en este mundo, es decir, para tener salud, longevidad, bienestar, una familia unida, descendencia y honorabilidad social.
El Salmo responsorial que hemos cantado profundiza en la misma enseñanza: «Dichoso el que teme al Señor y sigue sus caminos: comerá del fruto de su trabajo, será dichoso le irá bien. Su mujer como vid fecunda; sus hijos como renuevos de olivo» (Sal 128, 1-3). Según los escritos sapienciales del Antiguo Testamento, el temor del Señor, los valores éticos y las normas morales, pertenecen a la lógica y al dinamismo de la vida que tiende a su plenitud. Aceptarlos significa seguir la dirección del propio crecimiento humano, ser fieles a Dios y fieles a sí mismos.
Se trata de valores y normas conocidas a través de la experiencia y la reflexión, es decir por la razón y que, al estar contenidos en el texto inspirado son, al mismo tiempo, Palabra de Dios. Es comprensible que unas verdades accesibles a todos, también a los no creyentes, sean confirmadas por la revelación bíblica, pues frecuentemente la razón, obscurecida por los instintos y los prejuicios, no juzga correctamente. Como dice San Agustín: «Dios ha escrito sobre tablas de piedra los diez mandamientos que los hombres no leían ya en su corazón» (Comentario al Salmo 57,1). La recta razón y la fe son aliadas. Los valores auténticamente humanos son también cristianos, pues como exhorta el Apóstol Pablo: «Hermanos, aquello que es verdadero, que es noble, que es justo, aquello que es puro y amable, que es honrado, que es virtud y merece alabanza, esto sea objeto de sus pensamientos» (Fl 4,8).
También los discípulos de Jesús respetan el contenido y la consistencia propia de los valores y de la actividad humana, pero el mensaje cristiano los eleva a un nuevo y más alto significado, los integra en la relación filial con Dios Padre y en el dinamismo de la fe, de la esperanza y de la caridad. El centro del quehacer moral del cristiano es la persona de Jesucristo, el diálogo y la comunión con Él y, mediante Él, con el Padre en el Espíritu Santo. En esta nueva relación con las Personas divinas la práctica de los valores humanos y de las normas morales se perfecciona, adquiere nuevas motivaciones y energías, capacidad de sacrificio en el seguimiento del Crucificado, alegría y confianza en la compañía del Resucitado.
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