Nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en EL.«Dios es amor, y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él » (1 Jn 4, 16). Estas palabras de la Primera Carta de Juan expresan con claridad meridiana el corazón de la fe cristiana: la imagen cristiana de Dios y también la consiguiente imagen del hombre y de su camino. Además, en este mismo versículo, Juan nos ofrece, por así decir, una formulación sintética de la existencia es una aventura apasionante. Una misteriosa dádiva otorgada al margen de flaquezas y cualidades le hace permeable a la gracia. Lleno de celo apostólico, instado por el Espíritu Santo a compartir su fe con todo aquel que pase por su lado, tiene en sus manos la imponente responsabilidad de influir en la vida de una persona, –porque esa es la voluntad de Dios, que lo ha elegido libremente destinándole a dar abundantes frutos (Jn 15, 16-17)–, para que oriente sus pasos hacia Él. La gracia que siempre actúa poniendo en sus labios las palabras exactas que ha de pronunciar, y la disponibilidad de cada uno a recibir el don de la vocación, obran ese prodigio incomparable que han vivido en carne propia tantos hombres y mujeres de todos los tiempos. Lucas fue uno de los agraciados para seguir a Cristo.
jueves, 21 de marzo de 2013
Meridiana
Nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en EL.«Dios es amor, y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él » (1 Jn 4, 16). Estas palabras de la Primera Carta de Juan expresan con claridad meridiana el corazón de la fe cristiana: la imagen cristiana de Dios y también la consiguiente imagen del hombre y de su camino. Además, en este mismo versículo, Juan nos ofrece, por así decir, una formulación sintética de la existencia es una aventura apasionante. Una misteriosa dádiva otorgada al margen de flaquezas y cualidades le hace permeable a la gracia. Lleno de celo apostólico, instado por el Espíritu Santo a compartir su fe con todo aquel que pase por su lado, tiene en sus manos la imponente responsabilidad de influir en la vida de una persona, –porque esa es la voluntad de Dios, que lo ha elegido libremente destinándole a dar abundantes frutos (Jn 15, 16-17)–, para que oriente sus pasos hacia Él. La gracia que siempre actúa poniendo en sus labios las palabras exactas que ha de pronunciar, y la disponibilidad de cada uno a recibir el don de la vocación, obran ese prodigio incomparable que han vivido en carne propia tantos hombres y mujeres de todos los tiempos. Lucas fue uno de los agraciados para seguir a Cristo.
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