viernes, 29 de marzo de 2013

Inédita

Para que se dé el asombro Eucarístico de nuestra fe, tenemos que sentir la fuerza del amor. En la Última Cena se instituyó el mandamiento del amor. La fe va acompañada del amor. Lo interesante es la novedosa e inédita manera que lo plantea el Maestro: para reconocer a Dios presente, para amar de verdad a Dios, hay que amar a los hermanos.  Seremos reconocidos por los demás como discípulos de Jesús. No hay excusa, porque el mismo Jesús nos lo dice: “Ámense… como Yo los he amado”. La mejor manera de reconocer que Dios nos ama, es amándonos los unos a los otros, con todo lo que ello requiere y exige en cada uno de nosotros.
Esta realidad del amor fraterno constituye un nuevo rostro de ese misterio de la fe. El encuentro vivo con Jesús que se hace intenso y sacramental en la eucaristía requiere que nos encontremos con los demás como hermanos. Si no podemos cojear en la práctica del amor… y el encuentro con el Señor será incompleto. En la eucaristía sucede igual. No podremos decir que celebramos la eucaristía de manera completa si existe entre nosotros divisiones, discriminaciones, separaciones, odios, envidias… El encuentro vivo con Jesús es también encuentro vivo con los hermanos. La celebración de la eucaristía es también, entonces, sacramento del amor.
Sacramento del amor de un Dios que se entrega por nuestra salvación; y de un amor de hermanos que comparten la pascua de Jesús que nos libera de todo pecado y sus consecuencias. Así el encuentro con los hermanos, no sólo en la celebración litúrgica sino en todo momento, debe ser un encuentro de amor eucarístico. Al serlo, imitaremos al mismo Señor que se rebajó de su condición para convertirse y mostrarse en un siervo de los suyos: por eso les lavó los pies a sus discípulos. Y nos pidió que hiciéramos lo mismo con nuestros hermanos.
Cada uno de nosotros debe estar dispuesto a lavar los pies de los otros y a dejarse lavar los suyos propios. Es la expresión del amor más fraterno que debe existir y que ha de distinguir a todo aquel que profese su fe en el Señor. El encuentro vivo con el Señor adquirirá su justa y total dimensión encontrarnos con el Maestro que supo dar su vida por nosotros y establecer la nueva alianza que cada día rememoramos en toda Eucaristía. Dejemos que el Espíritu del Señor nos conduzca y abramos nuestra mente y nuestro corazón para dejémonos llenar de la fuerza del amor de Cristo a quien reconocemos presente en el sacramento de nuestra fe. Amén

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